Tuñón Pablos and Martínez Olvera: Experiencias nostálgicas de migrantes mexicanos en Nueva York



INTRODUCCIÓN

En aquel preciso momento el hombre se dijo: Qué no daría yo por

la dicha de estar a tu lado en Islandia bajo el gran día inmóvil y de

compartir el ahora como se comparte la música o el sabor de la fruta.

En aquel preciso momento el hombre estaba junto a ella en Islandia. 

Jorge Luis Borges, Nostalgia del presente (1981)

La nostalgia, entendida como la capacidad de invocar, hacer cortes de memoria y poner en perspectiva, permite encontrar en las remembranzas del pasado de las personas y los lugares, los elementos que le otorgan significado a sus acciones y experiencias. En este texto retomamos la nostalgia como una categoría analítica a partir de los postulados de Wilson (2015) , quien propone entenderla como una experiencia compleja que es temporal y espacial, al mismo tiempo que cultural, social y mnémica.3 Así, la nostalgia, como emoción social, se inscribe dentro de elementos geográficos (temporales y espaciales), sociales (normas culturales) y psíquicos, donde lo mnémico da cuenta de las formas particulares en que se inscriben ciertos acontecimientos en la memoria de cada individuo. Utilizamos también los planteamientos de Davis (1979) , para quien la nostalgia facilita la continuidad de la identidad especialmente en tiempos de transición y se distinguen tres tipos: simple o de primer orden, nostalgia reflexiva o de segundo orden, y nostalgia interpretativa o de tercer orden; y de Blunt (2003) quien, en un símil, denomina a ésta última como nostalgia productiva.

Partimos de la premisa de que la movilidad es un aspecto integral de la vida social y que, en los procesos de desplazamiento, rupturas y duelos, podemos encontrar experiencias afectivas. Si bien el epígrafe de la nostalgia de Borges parece un sinsentido y una paradoja, nos muestra que en la nostalgia hay múltiples formas, tiempos, sentidos, lugares y, sobre todo, movimientos, así como que se refiere a una emoción que no tiene lugar necesariamente en el pasado, sino que se recrea a partir de movimientos helicoidales y sentimientos de gozo en lugares, espacios y tiempos diferentes y en relación con sabores y sonidos que apelan a los sentidos. Cabe decir que este ser y estar en el mundo a partir del sentir nostálgico se manifiesta con mayor fuerza durante las movilidades y en los procesos migratorios.

Las realidades emocionales en el estudio de las movilidades

La incorporación de personas migrantes a sociedades huéspedes es un tema que ha generado interés ante el incremento de los flujos migratorios. El abordaje común dentro del estudio de las migraciones, referido al modelo explicativo del pull and push, refleja el interés por evaluar cómo los factores estructurales influyen en las decisiones de migrar en diversos contextos sin considerar la movilidad como un aspecto integral de la vida social ( Urry, 2007 ). Easthope (2009) refiere que, desde esa perspectiva, las explicaciones versan sobre la migración descrita en términos económicos, fundamentalmente pobreza y falta de oportunidades laborales en los países de origen que, sin embargo, resultan insuficientes para explicar los modos en que las personas experimentan, entienden y negocian sus migraciones, siendo éstas tan importantes como las razones por las cuales deciden migrar.

Este nuevo enfoque propone explorar los distintos elementos y recursos de las y los migrantes para reconstruir/deconstruir sus identidades y el concepto de hogar en contextos culturalmente distintos ( Narváez, 2013 ). La identidad, entonces, es un elemento clave a incorporar en el debate público sobre la migración y los grupos minoritarios ( Casey y Dustsmann, 2010 ) en tanto que refiere a la expresión de las similitudes, pero también de las diferencias culturales dentro de las sociedades contemporáneas ( Ashworth, Graham y Tunbridge, 2007 ). La nueva aproximación al estudio de las movilidades de personas, objetos e información combina las preocupaciones sociales de la sociología (inequidad, poder) con las espaciales de la geografía (territorios, fronteras) y las culturales de la antropología (discursos, representaciones) para conjugarlos de manera relacional en la co-constitución de sujetos, espacios y significados ( Sheller, 2014 ).

El estudio de las movilidades se acompasa así, no sólo con el estudio del viaje corpóreo de las personas y los movimientos físicos de los objetos, sino que también considera los viajes imaginarios, virtuales y comunicativos. Este paradigma pone énfasis en la compleja configuración de relaciones de poder entre lo local y lo global y, de igual manera, genera reflexiones centradas en el estudio de las dimensiones afectivas y corporales. Así, la articulación entre lo personal y lo social, permite explorar cómo se relacionan las emociones con el entorno social que rodea al sujeto y cómo diversas fuerzas políticas, sociales y económicas penetran al sujeto a través de sus narrativas, emociones e imaginación.

El énfasis entonces está puesto en entender la realidad emocional de los seres humanos y las estructuras sociales. Desde la antropología y la sociología de las emociones, se conceptualiza la emoción como construcción social en tanto que: 1) las emociones se construyen en un contexto social e histórico dado y se experimentan por individuos y/o grupos situados en un proceso social y como resultado de interacciones con su entorno social, y 2) las emociones tienen fuerzas motivacionales que impactan en el comportamiento, la organización y la vida social ( Clairgue, 2012 ; Hirai, 2009 , 2014 ). Desde la psicología y la salud mental, el interés por la nostalgia se ha centrado principalmente en la persona que migra y en los procesos denominados duelos migratorios reflejados en síntomas percibidos como nostalgia: tristeza, cambios de humor y desórdenes psíquicos, entre otros. En ese sentido, Clairgue (2012) refiere que la narrativa del pasado hace referencia al uso de la nostalgia como estrategia de “supervivencia” o, desde la psicología, como un mecanismo de afrontamiento.

Desde un ángulo sociológico, Davis (1979) propone examinarla como una emoción privada al mismo tiempo que se comparte socialmente, en tanto que remite a los sentimientos subjetivos de la biografía y a la memoria colectiva de un grupo de personas. Para Davis, la nostalgia tiene un aspecto reflexivo inherente que se manifiesta en lo que denomina “órdenes ascendentes de la nostalgia”: de primer orden, la que refiere al sentido romántico e idealizado del pasado; de segundo orden, la que pretende dar precisión y exactitud a la memoria y a la realidad; y de tercer orden, en la que el sujeto se pregunta si los hechos realmente sucedieron como se recuerdan. Encontramos similitudes con el término “nostalgia productiva” que propone Blunt (2003) , en tanto que permite reelaborar el pasado imaginario en las experiencias vividas en el presente y mirando hacia el futuro. Cabe decir que no existe experiencia nostálgica que se mantenga uniforme en el proceso de reconstrucción del pasado y que es importante reconocer la existencia de múltiples nostalgias, algunas productivas y socialmente útiles y otras no tanto ( Pickering y Keightley, 2006 ).

Desde la historia, Boym (2003) sostiene que lo que se percibe como nostalgia no es la recuperación de la “verdad absoluta del pasado”, sino la meditación de la historia y del paso del tiempo en tanto dolor agridulce de la pérdida ocasionada por el proceso imperfecto de la memoria. Enfatiza así en el carácter reflexivo de la nostalgia, pero también restaurativo donde ésta permite reconstruir el hogar perdido y sanar las sombras de la memoria. Plantea así que las nostalgias contemporáneas se deben entender como una serie de migraciones cruzadas. En un sentido similar, Wilson (2015) plantea que los sujetos ejercemos agencia a partir de los modos en que (re)construimos el pasado y asignamos significado a las emociones nostálgicas, así como aquellas ancladas en el espacio y que, dependiendo de la manera en la que se recuerde, la nostalgia se materializa ( Kitson y McHugh, 2015 ).

Por su parte Della (2006) , Bonnett (2015) y Blunt y Varley (2004) , desde la geografía, cuestionan el concepto de nostalgia desarrollado y confinado al ámbito de la narrativa y la imaginación, y señalan que el lugar llamado hogar es el más apropiado y poderoso para indagar sobre la imaginación nostálgica. Los tres autores coinciden en que la nostalgia interactúa en la imaginación geográfica y el paisaje físico, lo que permite teorizar las conexiones entre lugar, pertenencia y material cultural. Al respecto, Easthope (2009, p. 66) señala que “lugar no es lo mismo que espacio físico” y, en tanto existimos como cuerpos físicos en un mundo físico, siempre se crearán lugares significativos que dan cuenta de algún tipo de apego y de lazos subjetivos al mundo. En este marco el hogar y el significado que se le atribuye a lo doméstico, la intimidad y la privacidad generan un sentimiento de lugar y pertenencia ( Blunt, 2003 ) que explica los significados, emociones, experiencias y relaciones que se le atribuyen.

El estudio de la nostalgia remite a diversas dificultades de carácter ontológico y metodológico. Por un lado, el que la experiencia nostálgica cambie de posición en el tiempo hace que un evento narrado en determinadas circunstancias y/o que depende del modo en el que se percibe en la actualidad, cambiará si dichas circunstancias se modifican. Se elabora así una reinterpretación y representación de lo sucedido bajo la sombra de un poder simbólico que Bhaba (2002) nomina una teoría viajera o un movimiento metafórico.

Por otra parte, los “órdenes ascendentes de la nostalgia” que plantea Davis (1979) no son un fenómeno experimentado por las personas, sino que, para ellas, la experiencia nostálgica es una y, sólo en el análisis de sus narraciones, es que podemos ver cómo se mueven vívidamente de un nivel a otro. Así, la nostalgia narrada es móvil, pero no lineal; más bien discontinua y helicoidal. Esto significa que las experiencias nostálgicas son a la vez estables y móviles, varían en su forma y contenido de acuerdo con el momento y la circunstancia en que son narradas: en la salud, en la enfermedad, ante situaciones de crisis emocional, económica o migratoria, fracasos o éxitos laborales o escolares, y en el establecimiento o rompimiento de relaciones, entre otras. Es común así que la fuerza de la emoción destaque ciertos elementos y minimice otros, y que quien narra un evento sucedido, fuertemente simbólico y cargado de afectos, lo descifre de acuerdo con sus proyecciones culturales y la interpelación que realiza del mismo ( Macías y De la Mata, 2013 ). Marte (2008) señala que estas proyecciones culturales aparecen usualmente en forma de fragmentos que no carecen de contradicciones y que los esquemas valorativos que contienen cambian en función de los contextos y del proyecto de supervivencia de los sujetos que, a su vez, modifican las formas en que se manifiesta la nostalgia. Así un evento, una experiencia o una situación que en algún momento involucró la movilización de pasiones y sentimientos, en otro momento o al paso del tiempo, puede no significar lo mismo. Es, con todo, la reflexividad inherente al proceso de remembranza la que permite estos movimientos reinterpretados.

Lo anterior se vincula al tema de la identidad en tanto que la proximidad física y las oportunidades de contacto entre distintos grupos culturales, tal como acontece en los procesos migratorios, hacen necesario establecer fronteras culturales que subrayen las características, prácticas y emociones propias que autoidentifican a las personas como miembros de una comunidad ( Barth, 1976 ). En este contexto, el proceso de recordar y conmemorar se vuelve fundamental para generar un sentido de pertenencia con la cultura propia. A decir de Davis (1979) , la identidad del grupo se manifiesta a través de la construcción de narrativas acerca del pasado reciente y de actos colectivos de rememoración provenientes de relaciones culturales de poder. En el mismo sentido, Hall (1992) señala que la cultura nacional es un discurso y una manera de construir significados que influencian y organizan tanto las acciones como la concepción de sí mismo, y que la identidad nacional es una estructura de poder cultural que enmarca vínculos y lealtades, y que representa apego a lugares, símbolos nacionales y rituales particulares.

A partir de este bagaje teórico, en este texto se busca explorar las expresiones nostálgicas de las narrativas de familias migrantes mexicanas residentes en el estado de Nueva York, Estados Unidos, y cómo, a través de ellas, las personas móviles participan en el proceso dinámico y complejo de reconstrucción del hogar, identidad y cultura en el lugar de asentamiento, valoran la comunidad de origen y, a decir de Guinsberg (2005) e Imilan (2013) , construyen los lazos a los lugares a través de viajes entre múltiples hogares, lo que es una experiencia vivida fuertemente por las y los migrantes.

Estudios sobre nostalgia en población mexicana viviendo en Estados Unidos

Diversas investigaciones abordan la parte emocional de la migración desde ópticas e intereses diferentes. El estudio ya clásico de Massey (1987) encuentra que el deseo de retorno de mexicanos viviendo en Estados Unidos disminuye con el tiempo a partir de procesos de aculturación, pero se incrementa paradójicamente con la adquisición de propiedades en México y la edad avanzada. Keefe, Padilla y Carlos (1979) estudian a las “familias extendidas” de mexicanos nacidos en Estados Unidos refiriéndose al compadrazgo como parte de un sistema de soporte emocional que permite sobrevivir y mantener los lazos culturales en el lugar de destino. Por su parte, Rouse (1992) analiza situaciones de luchas culturales asociadas a la transformación de clase de las personas migrantes y las nuevas formas de organización social transnacional que provoca la movilidad.

Investigaciones más recientes estudian la nostalgia en relación con aspectos de la vida cotidiana, la sexualidad y la alimentación. Hirsch, Munoz-Laboy, Nyhus, Yount y Bauermeister (2009) exploran los comportamientos sexuales de los migrantes en Estados Unidos y describen los sentimientos de añoranza sobre la vida normal que tenían en casa. Desde una mirada transnacional, Pizarro (2010) da cuenta de los saberes y sabores transnacionales, donde la etnicidad, el género y la cultura, así como lo nacional, delinean las experiencias cotidianas. Siguiendo esta perspectiva, Vázquez-Medina (2017) analiza cómo la nostalgia atraviesa de manera pluridimensional la realidad de sujetos migrantes que trabajan en restaurantes mexicanos y ésta cómo ayuda a construir maneras de representar la mexicanidad, visibilizar cánones de lealtad y adscripción nacional, así como fortalecer el sentido de comunidad.

Por lo que toca a la migración de mexicanos en Nueva York, es necesario mencionar los trabajos de Robert Smith (1996 , 2006 ; Smith, Cordero-Guzmán y Grosfoguel, 2001 ) quien, desde la teoría transnacional, analiza varios ámbitos de la inserción de los migrantes mexicanos en la costa este de Estados Unidos y destaca las dinámicas étnico-raciales-genéricas que ahí acontecen. Entre sus aportes se encuentra el orientar la mirada hacia las maneras en que el género estructura la experiencia transnacional en procesos amplios de migración y para el establecimiento en el lugar de destino; identificar las formas en que la masculinidad y la mexicanidad se negocian colectivamente y se transforman en el tiempo; y evidenciar la capacidad de las personas migrantes para permanecer vinculadas a sus países de origen, así como para resistir los procesos discriminatorios que viven durante la trayectoria migratoria y su establecimiento en Estados Unidos. También destaca su referencia a una nostalgia étnica donde la generación y el género actúan simultáneamente para generar cierto conflicto entre los mexicoamericanos de primera y segunda generación. De la misma manera, es notable su aseveración de que las personas tienen una multiplicidad de ubicaciones sociales creadas con base en imágenes y jerarquías de género, étnicas y raciales tanto en México como en Estados Unidos que les permite, siguiendo a Massey, crear un sentido de lugar (2005).

METODOLOGÍA

Al analizar la experiencia nostálgica en la migración, se utilizaron narrativas realizadas en el marco de un estudio cualitativo sobre hábitos alimenticios y salud, llevado a cabo en 2015-2016 con familias migrantes mexicanas que residen en el estado de Nueva York. Mediante entrevistas a profundidad y observación participante, se obtuvo información de las características sociodemográficas y condiciones de género de las y los participantes, así como sobre actividades cotidianas, prácticas alimenticias, ejercicio, cuidados de salud, actividades recreativas y trabajo; así como relaciones personales y sociales.

Se entrevistó a un total de 35 migrantes (23 mujeres y 12 hombres) con diversas situaciones sociodemográficas, legales y económicas en el estado de Nueva York: 26 están casados o unidos, 20 tienen estatus migratorio de indocumentados y 15 cuentan con papeles, 17 tienen hijos pequeños y 12 tienen hijos mayores de 18 años, 10 presentan nivel económico medio. Casi la tercera parte proceden de Oaxaca (10), mientras que los demás son oriundos del Estado de México, Michoacán, Guanajuato, Yucatán, Puebla, Sinaloa, Morelos, Chiapas, Ciudad de México y Tamaulipas. El tiempo promedio de residencia en Estados Unidos es de 12.5 años y, al momento de la entrevista, los participantes residían en distintas localidades incluyendo grandes centros urbanos como la ciudad de Nueva York, Brooklyn y Queens (10), pequeñas ciudades como Saratoga y Albany (15) y contextos suburbanos y semirurales como Latham, Delmar, Bethlehem, Glenmont y Slingerland (10).

Las entrevistas se realizaron en varias sesiones y de manera personal, en pareja o en familia; fueron grabadas con el consentimiento informado de los participantes y, en aras de guardar el anonimato, todos los nombres que aparecen en este texto son ficticios. El hilo conductor de las entrevistas se centró en viejos y nuevos hábitos alimenticios, estrategias de cuidado y de salud de la familia, y en la comida mexicana como objeto de nostalgia. El presente análisis busca las expresiones de la nostalgia de migrantes mexicanos en el proceso de creación de un lugar significativo fuera del hogar de origen. Consideramos que los estudios sociológicos, las geografías del hogar y la pertenencia ayudan a la teorización de las conexiones entre la emoción, el afecto y el lugar en el estudio de las movilidades.

LA EXPERIENCIA DE LA NOSTALGIA: RESULTADOS Y DISCUSIÓN

Siguiendo a Davis (1979) , podemos identificar en las narrativas de los informantes de este estudio los tres tipos de nostalgia que señala este autor. Cabe destacar que no encontramos discursos lineales y que la forma helicoidal de la nostalgia se expresa en un vaivén continuo de sensaciones y vivencias que se traducen, fluyen y circulan de un tipo a otro de nostalgia y, a veces, en un mismo recuerdo narrado por los mismos sujetos. Asimismo, encontramos diferencias sustantivas por tiempo de residencia en el país de destino, estatus migratorio –en tanto que los migrantes documentados tienen mayores posibilidades de viajar a México que los indocumentados, lo que se traduce en intensidades diferenciadas de nostalgia–-, condición de género y edad de las y los hijos.

Con respecto a la nostalgia simple, los tópicos más comunes se refieren a la añoranza de corte romántico e idealizado por las relaciones familiares, los espacios de la infancia, las tradiciones y costumbres de México, el uso diferenciado del tiempo en ambos países y, especialmente, el sabor de la comida que expondremos en un apartado especial. Acorde con los rasgos de este tipo de nostalgia, se tiende a comparar aspectos de la vida cotidiana en ambos espacios dando como resultado una sobrevaloración por el país de origen:

Uno extraña México por la familia, las tradiciones y esas cosas… (Hilario, 35 años, tres hijos, casado, indocumentado, Oaxaca; comunicación personal, 15 de mayo de 2015).

En North Carolina estuve seis meses; luego llegué aquí y fue otro cambio de vida porque usted llega sin nada; y si usted está acostumbrada en México a vivir bien, llega acá y dice: “¿Y qué vine a hacer aquí?” Sí, es duro (Gloria, 48 años, tres hijos, casada, documentada, Guanajuato; comunicación personal, 3 de marzo de 2015).

En México hay muchas más tradiciones que enseñarles a los niños. La Navidad aquí nada más es el 24 y el 25 y allá empieza desde el 16 ó el 18. Y hay tantas cosas que enseñarles… el significado de la Navidad… aquí la Navidad es nada más regalos, y no es así… (Regina, 31 años, dos hijas, casada, indocumentada, Oaxaca; comunicación personal, 17 de junio de 2015).

El choque que siento más cuando voy a México es el tiempo. El tiempo… cómo lo aprovechan allá y cómo lo hace aquí el americano. Aquí el tiempo no se desperdicia (Salvador, 52 años, dos hijos, casado, documentado, Ciudad de México; comunicación personal, 4 de febrero de 2015).

Sí. Lo que pasa es que aquí está uno como muy encerrado y no se hace ejercicio. En cambio allá en México hay mucho tiempo, sobra mucho tiempo; entonces uno puede ir a jugar fútbol los fines de semana o… hacer uno deporte y no se nota, no se siente (Julián, 30 años, sin hijos, casado, indocumentado, Ciudad de México; comunicación personal, 6 de octubre de 2016).

Aquí nadie te dice: “Oye, ¿qué onda? ¿Nos vemos y caminamos?” y en México sí. Aquí la vida es más hacia adentro, menos hacia andar afuera y más solitaria (Sofía, 32 años, sin hijos, unión libre, documentada, Michoacán; comunicación personal, 5 de agosto de 2015).

Cuando uno está aquí, uno tiene que quitarse todo lo que era en México y vivir acá. Una mujer acá, cuando vive con familia o, por decir, yo que vivo con el inquilino y mi cuñado y mi esposo, entonces yo soy la mamá. Aquí todo es difícil; aquí uno viene a lo que viene. Aquí no tiene uno vida propia (Amalia, 33 años, dos hijos, casada, indocumentada, Puebla; comunicación personal, 22 de septiembre de 2016).

Una constante simple de la nostalgia y que se muestra claramente en los testimonios anteriores es la referencia al aquí y al allá que nos habla de cómo en los desplazamientos físicos se elabora una nueva configuración espacial de lo doméstico y cómo, en condiciones de movilidad, lo que es lejano y cercano en términos subjetivos supone distancias sociales, afectivas y culturales. Discursar concurrentemente acá para referirse a Estados Unidos y/o a su actualidad, y al allá para referirse a México y a la vida pasada, supone espacios diferenciados que se recrean en una misma narrativa para expresar distancias espacio-temporales entre modos de vida que se perciben lejanos y distintos.

En los fragmentos transcritos también resulta claro que, quienes migran, han llevado consigo creencias o ideas sobre la alimentación y las formas de convivencia en el país de origen que se mantienen inamovibles y que les permiten no perder el referente del hogar. La valoración, por ejemplo, de que en México hay más espacio, más cosas que hacer, se está menos encerrado y sobra el tiempo remite a que, más allá de que las expectativas de la movilidad se estén o no cumpliendo, se da la tendencia a idealizar lo que se tenía en el lugar de origen y a reforzar la lealtad hacia México.

Por lo que toca a la nostalgia reflexiva, la encontramos mayormente en aquellos y aquellas migrantes que tienen mayor tiempo de residencia en el país de destino. Cuya situación los coloca ante sentimientos ambivalentes que oscilan entre la valoración de las ventajas de vivir en Estados Unidos y el deseo de no querer perder la identidad y cultura nacional, al tiempo que experimentan rechazo por aspectos de la vida en el país de origen, lo que introduce una mayor complejidad que permite superar la visión romántica de la nostalgia simple. Los siguientes testimonios dan cuenta de lo anterior:

Dejar a la familia es difícil, es difícil. Se extraña mucho México. El primer año, yo soñaba que iba y que ya estaba en mi casa. Me quería ir. Y digo: “No, no se puede, no se puede” y conforme pasa el tiempo, ya te vas adaptando... (Rosa, 46 años, tres hijas, casada, documentada, Chiapas; comunicación personal, 4 de octubre de 2015).

Fue un cambio muy fuerte, porque al principio no tienes todo para hacer las cosas, ya sea económicamente o los utensilios o dónde encontrarlo… pero ya establecido, ya tienes más acceso y ya puedes escoger (Salvador, 52 años, dos hijos, casado, documentado, Ciudad de México; comunicación personal, 4 de febrero de 2015).

Como yo digo, sería mejor estar en México, pero ¿cómo? México está muy mal también… en México ¿qué hacen? Secuestran a la gente, hay muchas cosas malas y yo me siento más segura a veces con mis hijos aquí. Claro, las tradiciones y todo es bonito allá, pero depende… yo veo que a muchas personas les han pasado cosas y no puedo vivir tranquila allá ni gozar de lo que uno tiene a veces allá… yo digo que mejor acá … (Isabel, 31 años, tres hijos, casada, documentada, Oaxaca; comunicación personal, 18 de abril de 2015).

Con respecto a la nostalgia interpretativa o productiva, son precisamente las y los migrantes que llevan más tiempo en el país de destino y que tienen hijos mayores, los que expresan con mayor claridad el sinnúmero de estrategias emocionales que despliegan para lograr adaptarse, o resistir, a la vida anglosajona, en lo que algunos autores denominan procesos de aculturación ( Baucells, 2001 ). Entre estas estrategias encontramos que las familias, para no perder las raíces, realizan una serie de actos emocionales que los vinculan de forma simbólica con el lugar de origen: vender comida mexicana a connacionales, adornar el hogar con elementos propios de la cultura mexicana, asistir a eventos de danza y a la misa en español en la iglesia católica. Estas acciones representan formas productivas de nostalgia, en las que los motivos para realizar estas actividades se anclan en el plano emocional.

Un aspecto que nos muestra claramente la línea tenue que existe entre la nostalgia reflexiva y la nostalgia productiva se refiere a los sentimientos ambivalentes en torno al deseo de retornar al hogar y al país de origen, el reconocimiento de las posibilidades reales de concretarlo y los escenarios a futuro que las personas migrantes elaboran bajo la expectativa de lograr conciliar su situación real y sus deseos. Si bien la mayoría manifestó el deseo de retornar de forma permanente a México y argumentaban que trabajan para crear las condiciones óptimas que les permitan restablecerse en México, de forma paralela formulaban los impedimentos existentes para lograrlo. Los motivos remitían a que sus hijos nacidos o criados en el país de destino no podrían ya adaptarse y/o a que toda la familia se encontraba ya en Estados Unidos, motivos que fortalecían e inclinaban la balanza hacia la decisión de quedarse o de postergar la partida para no romper la unidad familiar.

Pues como él nos dijo: “Mami, yo no me voy a ir a vivir a México, yo aquí me he criado y tengo mis amigos… si ustedes se van, yo los voy a ir a ver, pero para quedarme a vivir allá, no”. Mi esposo dice: “Sí nos vamos a ir”, pero pues no nos hemos ido, aquí seguimos… siempre estamos que nos vamos a ir y no nos vamos, estamos aquí… (Consuelo, 38 años, tres hijos, indocumentada, Estado de México; comunicación personal, 20 de julio de 2015).

Yo quería decir: “Vámonos para México, yo no me quedo aquí” …. Yo no comía, a mí me invadía la depresión. Yo quería decirle a mi esposo: “¿Sabes qué? Yo me voy para México, prefiero perderte, pero yo me voy”. Pero tampoco quería hacerlo sentir mal a él, culpable de todo lo que nos estaba pasando, porque pues uno cuando ellos se vienen para acá, se le cuelga una del pescuezo que se quiere venir y luego… nunca me interesó [aprender inglés], de verdad, porque yo siempre en mi mente era regresarme para México. Me decía mi esposo: “Aguántame 15 días y te mando para México”. Porque yo sí me quería ir luego luego, no me gustó a mí Estados Unidos. Y esos son 15 días que todavía no llegan…ya van a ser 15 años… porque es duro…

Entrevistadora: ¿Y sigues deseando irte a México?

No, ya no. El cambio es que mis hijos ya crecieron, mis hijos ya se están estabilizando aquí, ya tengo una hija casada, con mexicano también, pero ya sus niñas ya se están acostumbrando a esta vida, y mi hijo está estudiando y también dice: “Mamá, yo para México no regreso” (Gloria, 48 años, tres hijos, casada, documentada, Guanajuato; comunicación personal, 3 de marzo de 2015).

La tensión entre la adaptación al nuevo modo de vida en Estados Unidos y el deseo de retornar al hogar acaba siendo, más que un impedimento real, el cierre o apertura de fronteras subjetivas ( Marte, 2008 ). Al respecto, las familias no se ubican de manera clara ni definitiva en ninguna de estas dos posturas (adaptación o retorno), sino que se inclinan hacia uno u otro lado en correspondencia con determinados momentos o situaciones vividas, entre ellas de manera muy clara la edad de los hijos e hijas. Es importante destacar este proceso ya que nos permitió vislumbrar un discurso más nostálgico entre quienes, por su estatus migratorio de indocumentados, no habían visitado México por largo tiempo o en ninguna ocasión desde su llegada a EE. UU., que entre quienes podían ir y venir de forma más fácil y segura. En el caso de las personas migrantes con lazos de pareja y/o con hijos, la nostalgia por el país de origen emerge como un recuerdo agridulce que se diluye al balancear los costos pragmáticos y subjetivos del regreso a México o la permanencia en EE. UU.

De esta manera, se prefiere mantener un sufrimiento relativo y subjetivo al estar lejos de la familia, del hogar o del país de origen, a cambiar la vida cotidiana y retornar a un espacio que ha cambiado y que ya tampoco es el mismo que cuando migraron. La añoranza por el sabor de los platillos orienta y moviliza las prácticas alimentarias; sin embargo, existen otros factores que alteran los hábitos tales como las preferencias de los hijos y la disponibilidad de los ingredientes. Sin duda las costumbres, las festividades y lo culinario se ven reinterpretados por la nostalgia y alimentados por la identidad nacional, pero también por la apertura a nuevas posibilidades culturales fomentadas por los hijos o las redes de apoyo.

Resulta interesante señalar las nuevas formas con que las mujeres migrantes cuentan para, a partir de reconocer sus condiciones particulares económicas y de estatus migratorio, reformular lo que consideran sería su proyecto de vida ideal:

Si yo tuviera papeles y dinero, me gustaría ir a México al menos dos veces al año, visitar a la familia allá y regresarme para estar con los hijos acá. Así veo mi vida: dividida entre los dos países… (Micaela, 35 años, dos hijos, separada, indocumentada, Morelos; comunicación personal, 8 de octubre de 2016).

Yo quisiera ser como tú (se refiere a la entrevistadora y primera autora de este texto) que puedes ir y venir cuando quieras. Yo, como tengo papeles, puedo hacerlo, pero no tengo tanto dinero… Así lograría tener lo bueno de los dos países, estar aquí y allá, eso sería lo ideal… (Olga, 50 años, tres hijos, casada, documentada, Oaxaca; comunicación personal, 10 de octubre de 2016).

El (sin) sabor

Uno de los elementos que los entrevistados más añoran es la comida. A pesar de poder conseguir casi todos los ingredientes para preparar platillos mexicanos, curiosamente la diferencia siempre se encuentra en el sabor. Si bien el énfasis del estudio en los hábitos alimenticios propició un diálogo en torno a los alimentos y a los imaginarios elaborados en torno a ellos, es un hecho que los sentimientos nostálgicos aparecían con mayor carga emocional al hablar de la alimentación. Las escenas de representación de la comida están compuestas por lugares, tiempos, recuerdos familiares, platillos, sabores e incluso las marcas comerciales de los ingredientes. Lo que se consume transmite un mensaje de reapropiación de la cultura nacional que invita al comensal a recuperar, por medio de rituales, los sentidos de identificación, familiaridad y pertenencia.

La enumeración de comidas típicas (tamales, mole, arroz, pozole) que las personas asociaban con el pueblo, el rancho, la ciudad o la región de origen desdibujaba en sus narrativas las distancias temporales y geográficas. A un nivel más íntimo, los sabores se identificaron con la sazón de su hogar y particularmente con las figuras femeninas encargadas de la preparación de los alimentos, que creaban la sensación de estar en casa.

Los calificativos en torno a la idea de la comida mexicana en la nostalgia remiten a lo natural, fresco y, por consiguiente, más saludable. Por el contrario, la comida congelada se simboliza como ajena a los valores culinarios mexicanos. Los platillos y la socialización alrededor del acto culinario vinculan de forma específica a cada historia familiar y regional. La experiencia base, en este caso, formula la imposibilidad de consumir alimentos en conjunto con la familia, hecho que se vuelve relevante para las narraciones nostálgicas.

Desde hace 26 años yo mantengo toda mi dieta mexicana y saludable… y sigo cocinando como lo hacía mi mamá y mi abuela (Martha, 68 años, una hija, casada, documentada, Yucatán; comunicación personal, 4 de noviembre de 2015).

Cuando yo dejé México todo era natural. Ahora quién sabe… ya son 16 años (Juana, 38 años, tres hijos, casada, indocumentada, Sinaloa; comunicación personal, 15 de octubre de 2016).

La carne, de hecho, allá va uno a la carnicería y la agarra fresca; a veces acaban de recién matar al animal y es fresco, como las vacas, el puerco, todo es fresco allí. El pollo lo engorda uno en la casa y se lo come. Y aquí no, aquí todo es… el pollo congelado. Todo tipo de carne es congelada; el queso no es fresco… (Benito, 36 años, un hijo, unión libre, indocumentado, Oaxaca; comunicación personal, 22 de agosto de 2015).

Yo crecí en el rancho y mire… si vamos a hacer tortilla acá es de Maseca, es de harina, y allá no; allá usted va al molino y le muelen su masa fresca… es mucha la diferencia de comerse una tortilla de Maseca a una tortilla de maíz… (Gloria, 48 años, tres hijos, casada, documentada, Guanajuato; comunicación personal, 3 de marzo de 2015).

A veces sí se extraña la comida de allá de México; en sabores… hay parecido, pero no sé… comía más sabroso allá (Julián, 30 años, sin hijos, casado, indocumentado, Ciudad de México; comunicación personal, 6 de octubre de 2015).

Una está acostumbrada al chilito, a que sepa rico. Lo que es el Thanksgiving, el día del pavo, que se celebra aquí ahora en noviembre, pues les sobra bastante, porque ellos cocinan cantidad… yo no digo no y si tiene un poquito de sal sí me lo como (Consuelo, 38 años, tres hijos, indocumentada, Estado de México; comunicación personal, 20 de julio de 2015).

Cuando vivíamos allá en el rancho, almorzábamos todos en familia… al medio día llegaban los niños de la escuela y comíamos todos juntos, en la noche cenábamos y ya estábamos todos juntos. Y aquí no. Nunca se va a poder, solamente cambiando de trabajo… (Juana, 38 años, tres hijos, casada, indocumentada, Sinaloa; comunicación personal, 15 de octubre de 2016).

Yo sigo mi tradición, la mera verdad. A veces uno sale a comer o compra aquí comida americana o algo, pero casi no… yo siempre estoy cocinando. Será mucho que comamos una vez por semana fuera o el fin de semana… hoy cociné un caldo de res. Somos mexicanos, la mera verdad (Gloria, 48 años, tres hijos, casada, documentada, Guanajuato; comunicación personal, 3 de marzo de 2015).

Nosotros hacemos pozole a veces por nostalgia… pero es más fácil hacer enchiladas o chilaquiles y también se consiguen más fácil los ingredientes (Sofía, 32 años, sin hijos, unión libre, documentada, Michoacán; comunicación personal, 5 de agosto de 2016).

Las prácticas alimentarias de las y los entrevistados se han transformado tanto en el espacio doméstico como en el público. En las cocinas es posible observar la incorporación de nuevos ingredientes y utensilios, así como diferentes ciclos de comida en relación con los tiempos laborales y escolares de los miembros de la familia. La idea de mantener una dieta mexicana saludable y por ello sentirse parte de México sostiene, de forma simbólica, una resistencia cultural fomentada principalmente por quien prepara los alimentos.

No obstante, el consumo de alimentos chatarra es una práctica habitual que se justifica porqué a los hijos “se les antoja”. El antojo, que puede ser descrito como un deseo que mezcla lo físico, lo emocional y lo nostálgico, aparece en las narraciones en dos sentidos: como un espacio de deseo y como negociación cultural. La importancia de entender por qué se reproducen hábitos culinarios familiares o por qué se elaboran rupturas, tiene que ver con que dichos alimentos posicionan a los sujetos como parte de comunidades a través de las relaciones de comida.

El abandono de este referente cultural puede significar la desestabilización del sí mismo dentro de un patrón alimentario. Por lo tanto, las referencias a la comida denotan un sin sabor cotidiano que no se recupera ni agregándole “chilito” al platillo. Como señala Marte (2008, p. 40) : “Este gusto culturalmente producido de la comida parece ser aprendido, no a través de los propios alimentos, sino a través de eventos contextuales que marcaron emocionalmente determinadas sustancias y productos básicos”.

La ruptura con lo cotidiano remite a las ocasiones especiales: las festividades culturales compartidas, como las navidades y Día de Muertos; las celebraciones nacionales mexicanas o estadounidenses y las de carácter personal como cumpleaños, bodas y quince años, entre otras. En estos espacios, la sensación de estar en casa se acentúa por el significado que adquiere para quienes concurren a ella. La socialización y las formas de reunión, la comida y bebida que se consume, e incluso el tiempo que debe durar una celebración, generan también tensión cultural y los sentimientos de nostalgia se vuelven más evidentes.

Gloria: Se va uno conociendo… Yo llegué primero y yo no salía, yo de mi trabajo a mi casa… pero poco a poco uno va conociendo a otros y…

Olga: …ahora tenemos amigos ecuatorianos, nicaragüenses, costarricenses, dominicanos y de otros lados. Ya estamos más integradas… pero con la misma raza, yo casi no he ido a fiestas de gringos, como les decimos…

Gloria: … y es que no se siente el ambiente… una vez yo fui y le hablé a mi comadre que también iba a ir y llegamos… ¡Ay doña! pura gente americana y óigame ¿usted sabe las cositas que hacen para comer? Ellos no gastan como nosotros en las fiestas…

Olga: … y luego son fiestas que sólo duran dos horas y ya una tiene que irse… A lo mejor no nos hemos todavía integrado, pero nuestras fiestas son mejores…

(Gloria, 48 años, tres hijos, casada, documentada, Guanajuato; Olga, 50 años, tres hijos, casada, documentada, Oaxaca; comunicación personal, 24 de agosto de 2015).

Los días festivos, como las navidades, los pasamos con los más allegados… En realidad, en vez de pasártela con la familia, aquí lo que hacemos es pasárnosla con los amigos, que están como nosotros, solos y sin sus familias… Pero no es lo mismo compartir con la familia que ir a compartir con ellos… aquí sí se hace comida, no voy a decir que no, pero comida ya más americana que mexicana (Cecilia, 31 años, tres hijos, unión libre, indocumentada, Tamaulipas; comunicación personal, 3 de septiembre de 2015).

CONCLUSIONES

Durante el proceso de movilidad, la nostalgia aparece en la narrativa de forma simple y romántica mediante la comparación de los sentimientos actuales con relación a lo vivido durante el proceso de transición de un hogar a otro. Los procesos migratorios conllevan experiencias de pérdida por dejar en el lugar de origen familia y redes primarias de apoyo, al tiempo que se da el fortalecimiento de nuevas redes que posibilitan la trayectoria e instalación en el lugar de destino. Asimismo, opera un desplazamiento que se significa bajo la idea de sacrificio y que instala, también, la promesa de que en el futuro las cosas serán mejores. Las narraciones sobre estos procesos se encuentran cargadas de sentimientos ambivalentes generados tanto por la distancia con el lugar de origen, como por el deseo de construir nuevos espacios personales, relaciones de reciprocidad y cumplimiento de las expectativas y del proyecto de vida que causó la movilidad, sentimientos ambivalentes que alternan la nostalgia reflexiva y la productiva.

En las narrativas, la nostalgia fluctuó claramente en tres sentidos: la añoranza al sabor (de la comida y de la vida), a las relaciones familiares y tradiciones en el hogar, y a las percepciones sobre el tiempo cotidiano. La elaboración de un discurso romantizado sobre las épocas y lugares vividos en la infancia, la evocación al país y la cultura, las tradiciones y las celebraciones, evidencian que la nostalgia simple es experimentada con mayor frecuencia. El deseo de retornar al hogar idealizado fue una constante dentro del discurso, si bien hay también el reconocimiento de la imposibilidad de hacerlo y múltiples aspectos que muestran la aculturación y las ventajas del nivel de ingreso y crianza de los hijos en Estados Unidos.

En cuanto a la nostalgia reflexiva, los sentimientos ambivalentes hacia las situaciones en ambos países dan cuenta de una narrativa más elaborada y reflexionada sobre las expectativas que tenían al salir de México y cómo se han transformado durante su estancia en Estados Unidos. Asimismo, el contacto con personas de diferentes nacionalidades en el ámbito escolar o laboral y el acceso a la comida proveniente de otros países, transforman las convicciones culturales cotidianas.

Por otro lado, el estilo de vida americano también genera tensiones y tiende a modificar los imaginarios y las experiencias nostálgicas en función de la edad, el sexo, el estatus migratorio y la ocupación. Sin duda, estos marcadores estructuran de forma diferencial las relaciones con el pasado y las posibilidades nostálgicas existentes, dando paso a la nostalgia productiva que implica la elaboración del duelo por lo dejado en el país de origen, la paulatina adaptación al lugar de destino y la reformulación del proyecto de vida.

La nostalgia entonces, como una experiencia afectiva valiosa, es un objeto de estudio que nos permite comprender de qué manera las personas móviles participan en el proceso dinámico y complejo de reconstrucción del hogar en el lugar de asentamiento. El interés por indagar sobre ella en la vida cotidiana fue por ser un lugar de memoria con fuertes cargas emocionales (Javeau citado en Lindón, 2000 ), así como fuente de evocación de significados específicos ligados a situaciones vividas por las personas en diferentes escalas espacio-temporales. Si bien las estructuras sociales y culturales de la memoria orientan el proceso de la nostalgia y nos permiten entrever patrones de nostalgia en determinados temas, es importante no olvidar que la memoria individual las significa de formas particulares.

La nostalgia como concepto es así un constructo heterogéneo conformado por elementos diversos que se entretejen y configuran distintas maneras de añorar. Debido a esto, se reconoce la imposibilidad de comprenderla de manera unívoca y totalizante. Por el contrario, se encontraron formas múltiples de expresiones de nostalgia al interior de la narrativa migratoria y ciertas lógicas culturales que sostienen y reproducen la variedad de ésta. Para finalizar, es necesario recordar que los movimientos de la nostalgia están en constante reinterpretación y que así como las condiciones políticas, económicas y sociales son extremadamente cambiantes por la globalización, nociones sobre la cultura y la comida se irán transformando paulatinamente por medio de las interacciones culturales individuales y colectivas, lo que modificará a su vez las emociones que el sujeto experimenta y las formas como actúa a través de ejercicios simbólicos de poder.

Entre los temas abiertos a investigación futura, consideramos importante señalar la manera en que la nostalgia adquiere nuevas texturas, escalas y tonos a partir de las tecnologías de la información y el uso del Internet, acortando distancias y creando nuevas experiencias de comunicación y vínculos. Otro aspecto significativo e importante para estudiar y profundizar, se refiere a la manera en que los elementos nostálgicos culturales tienden a reforzar o transformar patrones hegemónicos de género en las dinámicas familiares, crianza de las y los hijos, cuidado del hogar y en el ámbito laboral de las y los migrantes.

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Notas

1 A decir de Laplanche y Pontalis (2004), el concepto de huella mnémica es usado por Freud a lo largo de su obra para designar la forma en que se inscriben los acontecimientos en la memoria, persisten de modo permanente y son reactivados en ciertos momentos según asociaciones simultáneas y causales.



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INTRODUCTION

At that precise moment he said to himself: What would I not give for the joy

Of being at your side in Iceland, in the great immobile day

And partake of now as one partakes of music or the taste of fruit.

At that precise moment he was together with her in Iceland.

Jorge Luis Borges, Nostalgia for the Present (1981)

Nostalgia, understood as the ability to invoke memories and make cuts of them, and put them into perspective, allows finding in the memories of past people and places the elements that provide actions and experiences with meaning. In this text we turn to nostalgia as an analytical category in line with the postulates of Wilson (2015) , who posits nostalgia as a complex, temporal and spatial experience, as well as a cultural, social and mnemic one.3 Thus, nostalgia, as a social emotion, falls within geographical (temporal and spatial), social (cultural norms) and psychic elements, whereas its mnemic element reflects the particular ways in which certain events are recorded in the memory of each individual. We also make use of concepts by Davis (1979) , who explains how nostalgia facilitates the continuity of identity, particularly in times of transition. There are three types of nostalgia: simple or first order, reflective or second order, and interpretive or third order; and by Blunt (2003) who, similarly, calls the latter productive nostalgia.

We start from the premise that mobility is an integral aspect of social life, where in processes such as displacement, rupture and duel, emotional experiences are found. Although Borges’ epigraph to nostalgia appears non-sensical and a paradox, it displays how in nostalgia there are multiple forms, times, senses, places and, above all, movements; it also refers to an emotion that does not necessarily takes place in the past, but is lived again from helical movements and feelings of joy in different places, spaces and times, as well as flavors and sounds that appeal to the senses. It can be said that this way of being in the world arising from experiencing nostalgia manifests itself with greater force during mobilities and migratory processes.

Emotional Realities in the Study of Mobilities

The incorporation of migrants to host societies is an issue that has raised great interest due to the increase in migration flows. The common approach to the study of migration, referring back to the explanatory model of pull and push, reflects the interest in assessing the influence of structural factors in migrations in different contexts, not taking into account mobility as an integral aspect of social life ( Urry, 2007 ). Easthope (2009) explains how, from that perspective, migration is described in economic terms, mainly of poverty and lack of job opportunities in the countries of origin, an approach that is insufficient to explain the ways in which people experience, understand and deal with their migration. The latter factors are as important as the original reasons why they decide to migrate in the first place.

This new approach proposes an exploration of the different elements and resources of migrants to reconstruct/deconstruct their identities and the concept of home in culturally different contexts ( Narváez, 2013 ). This way, identity is a key element to incorporate in the public debate on migration and minority groups ( Casey & Dustsmann, 2010 ) since it refers to the expression of both cultural similarities and differences within contemporary societies ( Ashworth, Graham & Tunbridge, 2007 ). This new approach to studying the mobility of people, objects and information picks up the social concerns of sociology (inequity, power) with the spatial ones of geography (territories, borders) and the cultural ones of anthropology (discourses, representations) to combine them in a relational way in the co-constitution of subjects, spaces and meanings ( Sheller, 2014 ).

From this, the study of mobility is coordinated with the study of the corporeal journey of people and the physical movements of objects, as well as with imaginary, virtual and communicative journeys. This paradigm emphasizes the complex configuration of power relations between the local and the global; in the same way, it generates reflections focused on the study of affective and bodily dimensions. Thus, the communication between the personal and the social allows exploring how emotions are related to the social environment that surrounds people and how various political, social and economic forces permeate the subject through narratives, emotions and imaginations.

Then, the emphasis is on understanding the emotional reality of human beings and social structures. From the anthropology and sociology of emotions, emotion is conceptualized as a social construction as long as: 1) emotions develop in a given social and historical context and are experienced by individuals and/or groups within a social process, as a result of interactions with their social environment, and 2) emotions have motivational forces that impact behavior, organization and social life ( Clairgue, 2012 ; Hirai, 2009 , 2014 ). From the lens of psychology and mental health, the interest in nostalgia has mainly focused on the migrant individual and on the processes called migratory duels reflected in symptoms perceived as nostalgia: sadness, mood swings and psychic disorders, among others. In that sense, Clairgue (2012) points out that the narrative of the past refers to the use of nostalgia as a “survival” strategy or, from the view of psychology, as a coping mechanism.

From the angle of sociology, Davis (1979) proposes to examine nostalgia as a private emotion that is also shared socially, as long as it refers to the subjective feelings of the biography and the collective memory of a group of people. For Davis, nostalgia has an inherent reflexive aspect that manifests itself in what he calls ascending orders of nostalgia: first order, which refers to the romantic and idealized sense of the past; second order, which aims at giving precision and accuracy to memory and reality; and third order, in which the subject wonders if things really happened as they remember. A similar concept is found in productive nostalgia, proposed by Blunt (2003) , as it allows us to rework an imaginary past in the experiences lived in the present and while facing the future. It should be said that there is no nostalgic experience that remains unaltered in the process of reconstructing the past; therefore, it is important to acknowledge the existence of different types of nostalgia, some productive and socially useful and others not so much ( Pickering & Keightley, 2006 ).

From the field of history, Boym (2003) argues that what is perceived as nostalgia is not an actual recovery of the “absolute truth of the past,” but a contemplation on history and on the passing of time as the bittersweet pain from the loss caused by the imperfect process of memory. Emphasis is made on the contemplative aspect of nostalgia, but also on the restorative one, through which it allows for the rebuilding of the lost home and the healing of the shadows of memory. Thus, he argues that contemporary nostalgia should be understood as a series of cross migrations. Similarly, Wilson (2015) states that people exercise agency based on the ways in which they (re)build the past and assign meaning to nostalgic emotions, as well as to those anchored in space and that, depending on the way in which they are remembered, nostalgia will materialize ( Kitson & McHugh, 2015 ).

On the other hand, Della (2006) , Bonnett (2015) and Blunt & Varley (2004) , from geography, question the concept of nostalgia developed and confined to the field of narrative and imagination. They point out that the place called home is the most appropriate and powerful to inquire about nostalgic imagination. The above-mentioned authors all agree that nostalgia interacts in the geographical imagination and the physical landscape, which allows theorizing the connections between places, belonging and cultural material. In this regard, Easthope (2009, p. 66) points out that “a place is not the same as a physical space” and, as long as we exist as physical bodies in a physical world, significant places will always be created, which have some kind of attachment and subjective ties to the world. In this context, home and the meaning attributed to the domestic, intimate and private result in a feeling of place and belonging ( Blunt, 2003 ), which explains the meanings, emotions, experiences and relationships attributed to it.

The study of nostalgia refers to various ontological and methodological difficulties. On the one hand, the fact that the nostalgic experience changes position over time causes that an event narrated under certain circumstances (one that may also depend on the way in which it is currently perceived) to change, as long as such circumstances change. Thus, that which happened under the influence of a symbolic power that Bhaba (2002) calls a traveling theory or a metaphorical movement is reinterpreted and represented.

On the other hand, the “ascending orders of nostalgia” proposed by Davis (1979) are not in themselves phenomena experienced by people; for the individual, the nostalgic experience is a single thing, and it is only when analyzing their stories that we can see how they move vividly from one level to another. Thus, when narrated nostalgia is mobile, but not linear; instead it is discontinuous and helical. This means that nostalgic experiences are both stable and mobile, vary in their form and content according to the time and circumstance under which they are narrated: in health, in illness, in situations of emotional, economic or migratory crisis, work or school failures or successes, and in the establishment or breaking up of relationships, among others. It is common that the intensity of the emotion highlights certain elements and minimizes others, and that whoever narrates an event, strongly symbolic and full of affections, deciphers it according to their cultural projections and the interpellation that they carry out ( Macías & De la Mata, 2013 ). Marte (2008) points out that these cultural projections usually appear in the form of fragments with contradictions; in addition, the valuation schemes they contain change depending on the contexts and the survival project of the subjects, which, in turn, modify how nostalgia manifests. Thus, an event, an experience or a situation that might involve the mobilization of passions and feelings, at another time or with the passing of time may not mean the same. It is, however, the reflection inherent to process of remembrance that allows these reinterpreted movements.

The above is linked to the issue of identity inasmuch as physical proximity and opportunities for contact between different cultural groups (as it happens in migratory processes) make it necessary to establish cultural boundaries that stress the characteristics, practices and emotions that self-identify people as members of a community ( Barth, 1976 ). In this context, the process of remembering and commemorating becomes fundamental to develop a sense of belonging to one's own culture. According to Davis (1979) , group identity manifests through the construction of narratives about the recent past and collective commemoration acts derived from cultural power relations. Along the same lines, Hall (1992) points out that national culture is a discourse and a way of constructing meanings that influence and organize both actions and self-conception, while national identity is a structure of cultural power that frames ties and loyalties, and that represents attachment to places, national symbols and particular rituals.

From this theoretical background, the present text seeks to explore the nostalgic expressions sprung from narratives of Mexican migrant families in New York, United States, and how mobile people participate through them in the dynamic and complex process of home, identity and culture reconstruction at their place of settlement, how they value their original communities and, according to Guinsberg (2005) and Imilan (2013) , how they build ties to places by way of visiting multiple homes, which is an experience strongly lived by migrants.

Studies on Nostalgia in the Mexican Population in the United States

Different investigations address the emotional part of migration from different perspectives and interest angles. The classic study by Massey (1987) finds that Mexicans’ desire to return from the United States back to Mexico decreases over time due to the acculturation processes, but paradoxically increases with the acquisition of property back in Mexico and the coming of age. Keefe, Padilla and Carlos (1979) study the “extended families” of Mexicans born in the United States, referring to godparenthood as part of an emotional support system that allows them to survive and keep cultural ties even at the host society. As for Rouse (1992) , he analyzes situations of cultural struggle associated with class transformation among migrants, and the new forms of transnational social organization originated from mobility.

More recent research studies nostalgia in relation to different aspects of daily life, sexuality and food. Hirsch, Munoz-Laboy, Nyhus, Yount and Bauermeister (2009) explore the sexual behavior of migrants in the United States and describe the feelings of longing for the normal life they had at home. From a transnational perspective, Pizarro (2010) gives an account of transnational knowledge and flavors, where ethnicity, gender and culture, as well as the national, provide the framework for everyday experiences. Following this perspective, Vázquez-Medina (2017) analyzes how nostalgia influences in a multidimensional way the reality of migrants who work in Mexican restaurants and how it helps in building ways to represent Mexicanness, make visible canons of loyalty and national ascription, as well as strengthen the sense of community.

When it comes to the migration of Mexicans to New York, we must turn to the works of Robert Smith (1996 , 2006 ; Smith, Cordero-Guzmán & Grosfoguel, 2001 ), who, from the transnational theory, analyzes several areas of the insertion of Mexican migrants on the east coast of the United States, and highlights the existing ethnic-racial-gender dynamics. His contributions include focusing on the ways in which gender structures the transnational experience of broad migration processes and when settling down at the host country; identifying the ways in which masculinity and Mexicanness are negotiated collectively and transformed over time; and shedding light on the ability of migrants to remain linked to their countries of origin, as well as to resist the discriminatory processes that they endure during the migratory journey and their arrival in the United States. It is also worth mentioning how he makes reference to an ethnic nostalgia, wherein generation and gender act simultaneously in creating a certain conflict between first-and second-generation Mexican Americans. Also remarkable is his assertion that people have a multiplicity of social locations, based on images and gender, ethnic and racial hierarchies in both Mexico and the United States, that allows them, following Massey, to create a sense of place (2005).

METHODOLOGY

When analyzing the nostalgic experience in migration, we made use of narratives provided within the framework of a qualitative study on eating and health habits, carried out in 2015-2016 on Mexican migrant families in New York. Through in-depth interviews and participant observation, information was obtained on the sociodemographic characteristics and gender conditions of the participants, as well as on their daily activities, eating habits, exercise, health care, recreational and work activities, and personal and social relationships.

We interviewed 35 migrants (23 women and 12 men) under different sociodemographic, legal and economic situations in New York: 26 are married, 20 are without legal status and 15 do have identity papers, 17 have young children and 12 have children over 18, 10 are middle-class economic level. Almost a third come from Oaxaca (10), while the rest are native to the State of Mexico, Michoacán, Guanajuato, Yucatán, Puebla, Sinaloa, Morelos, Chiapas, Mexico City and Tamaulipas. The average time of residence in the United States is 12.5 years and, at the time of the interview, participants lived in different locations including large urban centers such as New York, Brooklyn and Queens (10), small cities such as Saratoga and Albany (15), and suburban and semi-rural contexts such as Latham, Delmar, Bethlehem, Glenmont and Slingerland (10).

The interviews were conducted in several sessions and either individually, as a couple or as a family; they were recorded with the informed consent of the participants and, in order to keep anonymity, all the names in this text are fictitious. The common thread in the interviews focused on old and new eating habits, family care and health strategies, and Mexican food as an object of nostalgia. This analysis looks for the expressions of nostalgia of Mexican migrants in the process of creating a significant place outside their original home. We believe that sociological studies, home geographies and belonging aid in theorizing the connections between emotion, affection and place in the study of mobility.

THE EXPERIENCE OF NOSTALGIA: RESULTS AND DISCUSSION

Following Davis (1979) , we can identify in the narratives of the informants in this study the three types of nostalgia indicated by this author. It should be noted that linear discourses are not to be found and that the rather helical form of nostalgia is expressed in a continuous swinging of sensations and experiences that flow and transition from one type of nostalgia to another and, sometimes, even in the same memory narrated by the same subjects. Likewise, we found substantive differences by time of residence in the host country, immigration status –migrants with a legal status are more likely to travel back to Mexico than undocumented immigrants, from which they experience different intensities of nostalgia–, gender status and children’s age.

Regarding simple nostalgia, the most common topics refer to romantic and idealized longing for family relationships, childhood spaces, traditions and customs of Mexico, the differences in use of time in both countries and, especially, the taste of food, which we will further address in a special section. According to the features of this type of nostalgia, the trend is to compare aspects of daily life in both spaces, resulting in an overvaluation of the country of origin:

One misses Mexico because of family, traditions and stuff… (Hilario, 35 years old, three children, married and without legal status, Oaxaca; personal communication, May 15, 2015).

I lived six months in North Carolina; then, I came here and I had to change my life because you arrive with nothing; and if you are used to living well in Mexico, you are here and say: “What am I going to do here?” Yes, it’s hard (Gloria, 48 years old, three children, married and with legal status, Guanajuato; personal communication, March 3, 2015).

In Mexico there are many more traditions for children to learn from. Christmas [here] is only December 24 and 25. In Mexico, it begins on December 16 or 18. There are so many things to teach them… The meaning of Christmas… Christmas here means gifts, and it's not that simple... (Regina, 31 years old, two daughters, married and without legal status, Oaxaca; personal communication, June 17, 2015).

Time is what shocks me the most when I go to Mexico. Time... how they take advantage of it and how Americans do it. Here time is not wasted (Salvador, 52 years old, two children, married and with legal status, Mexico City; personal communication, February 4, 2015).

Yes. What happens is that here you’re indoors all the time and can’t exercise. On the other hand, there is a lot of time in Mexico, a lot of time; so you can play soccer on weekends or… do whatever sport and time doesn't feel the same (Julián, 30 years old, childless, married and without legal status, Mexico City; personal communication, October 6, 2016).

Here, nobody tells you: “Hey, what’s up? Let’s go for a walk!” They do it in Mexico. Here, life is more inwards than outwards, and lonelier (Sofia, 32 years old, childless, common law marriage and with legal status, Michoacán; personal communication, August 5, 2015).

When you are here, you have to take off everything you were in Mexico and live the way it’s here. Here, when a woman lives with her family or, for example, I live with the tenant, my brother-in-law and my husband, so I am the mother. Everything here is hard; here, you have to focus on your one thing. You don't have a life of your own (Amalia, 33 years old, two children, married, without legal status, Puebla; personal communication, September 22, 2016).

A simple constant of nostalgia that is clearly seen in the previous testimonies is the reference to here and there, which shows how a new spatial configuration of the domestic is elaborated in situations of physical mobilization, and how in such conditions what is distant and close in subjective terms implies social, affective and cultural distances. Concurrently saying here to refer to the United States and/or their current environment, and there to refer to Mexico and their past living conditions implies differentiated and recreated spaces within the same narrative, used to express spatio-temporal distances between ways of living that are perceived as distant and distinct.

The transcribed fragments also make it clear that those who migrate cling to fixed beliefs or ideas about food and the ways of coexistence in their original countries, which allows them not to lose their former home as a reference point. For example, the assessment that in Mexico there is more space, more things to do, less time is spent indoors and there is more leisure time is due to the tendency to idealize the place of origin and to strengthen the loyalty to Mexico –regardless of mobility expectations–.

Regarding reflective nostalgia, we find it mainly in those migrants who have spent more time in the host country. They face ambivalent feelings that go from appreciating the benefits of living in the United States to the desire not to lose national identity and culture. At the same time, they experience rejection towards certain aspects of life in their country of origin, which introduces greater complexity and allows them to overcome the romantic vision of simple nostalgia. The following testimonials account for the above:

Leaving the family is hard. We miss Mexico a lot. The first year I dreamed I was back home. I wanted to go home, but I kept telling myself: “No, I can’t, I can’t” and over time, you adapt... (Rosa, 46 years old, three daughters, married, with legal status, Chiapas; personal communication, October 4, 2015).

It was a major change. At first, you have nothing, either economically or the tools or where to find them… but after you settle, you have more access to stuff and then you can make decisions (Salvador, 52 years old, two children, married, with legal status, Mexico City; personal communication, February 4, 2015).

As I say: “It would be better to be in Mexico” But how? Mexico is far from great too… What do they do in Mexico? They kidnap people. There are many bad things. I feel safer here with my children. Sure, traditions and everything is beautiful there, but it depends… Many people have suffered and I cannot live in peace there or enjoy what I have… I'd rather stay here … (Isabel, 31 years old, three children, married, with legal status, Oaxaca; personal communication, April 18, 2015).

Regarding interpretive or productive nostalgia, migrants who have lived longer in the destination country and who have older children are the ones who express most clearly the number of emotional strategies they make use of to either adapt or resist the American lifestyle (some authors ( Baucells, 2001 ) call this phenomena acculturation processes). Among these strategies we find that families perform a series of emotional acts that symbolically link them to the place of origin so as not to lose their roots: they sell Mexican food to co-nationals, decorate their homes with elements of Mexican culture, attend dance events and mass in Spanish at Catholic churches. These actions represent productive forms of nostalgia, in which the reasons to perform these activities are anchored in the emotional plane.

One aspect that clearly shows us the thin line between reflective nostalgia and productive nostalgia refers to the ambivalent feelings of returning home to the country of origin, the realizing of the actual possibilities of achieving that, and the future scenarios that migrants imagine under the expectation of conciliating their real situation with their desires. Although many migrants had the desire to return permanently to Mexico and argued that they worked to achieve the optimal conditions for doing so, they also thought about the existing impediments to achieve it. Their reasons were based on the fact that their children born or raised in the host country would not adapt to their country of origin and/or that their whole family was already in the United States. These reasons strengthened and tilted the balance towards the decision to stay or postpone their return in order not to disturb the family unit.

As he told us: “Mom, I’m not going to live in Mexico. I grew up here and I have friends here... if you leave, I will visit you, but I will not live there.” My husband says: “Yes, we will return to Mexico,” but we have not returned yet; we are still here… We’re always about to leave, but we’re still here… (Consuelo, 38 years old, three children, without legal status, State of Mexico; personal communication; July 20, 2015).

I wanted to say: “Let’s go back to Mexico, I don’t want to stay here…” I didn’t eat because I was depressed. I wanted to tell my husband: “You know what? I'm going to Mexico, I’d rather lose you. I’m leaving.” But I also didn’t want to hurt him or make him feel guilty of all this, because when they come here, we cling to them, we also want to come and then... It didn’t interest me at all [learning English], because returning to Mexico was always in my mind. My husband was telling me: “Wait 15 days and I’ll send you back to Mexico,” because I wanted to go back right away, I didn’t like the United States. Those 15 days never passed... It’s been 15 years already... because it’s hard...

Interviewer: Do you still want to go back to Mexico?

No, not anymore; my children have grown up. My children are settling down here. My daughter is married to a Mexican, but her daughters already got used to this life, and my son is studying and says: “Mom, I won’t return to Mexico” (Gloria, 48 years old, three children, married, with legal status, Guanajuato; personal communication, March 3, 2015).

The tension between adapting to the way of life in the United States and the desire to return home is the closing or opening of subjective borders, rather than a real impediment ( Marte, 2008 ). In this regard, families are not located clearly or definitively in either of these two positions (adaptation or return), but rather they lean to one side or the other depending on certain moments or situations experienced, including the age of their children. It is important to highlight this process, since it allowed us to glimpse a more nostalgic discourse among those who, due to their status as undocumented immigrants, had not visited Mexico for a long time or ever since their arrival in the U.S.; unlike those that could come and go more easily and safely. In the case of migrants with couples and/or children, nostalgia for the country of origin emerges as a bittersweet memory that fades away when comparing the pragmatic and subjective costs of returning to Mexico or staying in the United States.

In accordance with the above, they prefer to keep on experiencing a relative and subjective suffering living far from their families, home or country of origin, so as not to change everyday life and return to a space that has changed and is no longer the same as when they migrated. The longing for the taste of dishes guides and mobilizes food practices; however, there are other factors that affect their habits, such as their children's preferences and ingredient availability. Undoubtedly, customs, festivities and cuisine are reinterpreted by nostalgia and fueled by national identity, yet also by new cultural possibilities fostered by children or support networks.

It is interesting to point out the new ways in which migrant women reformulate what their ideal life project would be, stemming from the acknowledgment of their particular economic conditions and immigration status:

If I had papers and money, I would go to Mexico at least twice a year, visit my family over there and then return to my children here. That’s how I see my life: divided between two countries… (Micaela, 35 years old, two children, separated, without legal status, Morelos; personal communication, October 8, 2016).

I would like to be like you [she means the interviewer and first author of this text]. You can come and go whenever you want. I could do it because I have papers, but I don’t have much money… That way, I would have the best of both countries. I could be here and there, that would be perfect… (Olga, 50 years old, three children, married, with legal status, Oaxaca; personal communication, October 10, 2016).

The Bitter Taste

Interviewees miss food. Despite finding almost all the ingredients to prepare Mexican dishes, the flavor somehow differs from what is expected. Although the emphasis of this study on eating habits led to a dialogue around food and the imaginaries revolving around them, it is a fact that nostalgic feelings are stronger when talking about food. The food representation scenes are made up of places, times, family memories, dishes, flavors and even the commercial brands of the ingredients. Food conveys a message of re-appropriation of national culture, inviting those who eat to ritually recover the senses of identification, familiarity and belonging.

Typical foods (tamales, mole, rice, pozole) that people associated with their town, ranch, city or region of origin blurred temporal and geographical distances in their narratives. At a more intimate level, flavors are identified with the taste of their home and particularly with the female figures in charge of preparing food, which created the feeling of being at home.

The qualifiers around the idea of Mexican food in nostalgia refer to what is natural, fresh and, therefore, healthier. On the contrary, frozen food is symbolized as alien to Mexican culinary values. Dishes and the socialization revolving around the culinary act create specific links between each family and their regional history. In this case, the base experience formulates the impossibility of consuming food with the family, an element that becomes relevant for nostalgic narratives.

For 26 years I still follow my Mexican and healthy diet… and I cook as my mother and grandmother did (Martha, 68 years old, one daughter, married, with legal status, Yucatan; personal communication, November 4, 2015).

When I left Mexico the food was natural. Now, who knows... it’s been 16 years (Juana, 38 years old, three children, married, without legal status, Sinaloa; personal communication, October 15, 2016).

In Mexico you go to an actual butcher’s shop and buy fresh meat; sometimes they just killed the animal and the cows and pigs are fresh there. We fattened the chickens at home and ate them. Here, here everything is... frozen chicken. All types of meat is frozen; the cheese is not fresh… (Benito, 36 years old, one child, single, without legal status, Oaxaca; personal communication, August 22, 2015).

I grew up in the countryside and let me tell you... if we’re going to make tortillas here we use Maseca, flour, and we don't do that there; there, you go to the mill and they grind you fresh dough... it’s not the same to eat a Maseca tortilla and a corn tortilla... (Gloria, 48 years old, three children, married, with legal status, Guanajuato; personal communication, March 3, 2015).

Sometimes we miss Mexican food; the taste... it might be similar, but I don’t know... food was tastier over there (Julian, 30 years old, childless, married, without legal status, Mexico City; personal communication, October 6, 2015).

I was used to spicy food; everything is tastier. On Thanksgiving, turkey day, in November, there is plenty, because they cook a lot… I don’t say no and if it is well seasoned… Yes, I will eat it (Consuelo, 38 years, three children, without legal status, State of Mexico; personal communication, July 20, 2015).

When we lived in the countryside, we all had lunch as a family… At noon, kids would come back from school and we all ate together; at night, we had dinner and we were all together. Not here. It’s not possible, unless I change jobs… (Juana, 38 years old, three children, married, without legal status, Sinaloa; personal communication, October 15, 2016).

I follow my tradition. Sometimes we go out to eat or buy American food, but only every now and then... I’m always cooking. Maybe once a week or the weekend we eat outside, if at all... today I cooked beef broth. We’re Mexican, that’s it (Gloria, 48 years old, three children, married, with legal status, Guanajuato; personal communication, March 3, 2015).

Sometimes, we cook pozole out of nostalgia... but it is easier to make enchiladas or chilaquiles, and the ingredients are also easier to get (Sofia, 32 years old, childless, common law marriage, with legal status, Michoacán; personal communication, August 5, 2016).

The food practices of the interviewees have been transformed both in domestic and public spaces. It is possible to appreciate the incorporation of new ingredients and utensils in kitchens, as well as different food cycles in relation to the work and school times of family members. The idea behind following a healthy Mexican diet and feeling part of Mexico, is to, in a symbolic way, hold a cultural resistance promoted mainly by those who prepare food.

However, the consumption of junk food is a common practice that is often justified because kids crave it. Craving on a whim, which can be described as a desire that mixes the physical, the emotional and the nostalgic, appears in the narratives in two ways: as a space of desire and as cultural negotiation. The importance of understanding why family culinary habits are reproduced or why there are ruptures in them has to do with the fact that these foods position the subjects as part of a community through food relationships.

The abandonment of this cultural reference can mean the destabilization of the self through eating patterns. Therefore, references to food can denote an everyday bitter taste that cannot be covered by simply spicing up the dishes. As Mars notes (2008, p. 40) : “This culturally produced liking for certain food seems to be learned, not through food itself, but through contextual events that emotionally marked certain basic substances and products.”

The rupture in everyday life alludes to special occasions: shared cultural festivals, such as Christmas and Day of the Dead; Mexican or American national and personal celebrations such as birthdays, weddings and quinceañeras, among others. In these spaces, the feeling of being at home intensifies by the meaning it acquires for those who cohabit and share there. Socialization and meetings, the food and drink consumed, and even the duration of a celebration, also generate cultural tension, and feelings of nostalgia become more evident.

Gloria: You meet people... When I got here first I did not leave my house... from work to home... but little by little I met other people…

Olga: …now we have Ecuadorian, Nicaraguan, Costa Rican, Dominican and other friends. We assimilated better now... but with the same race, I almost never go to gringo parties, as we call them…

Gloria: ...the atmosphere is not the same... once I was going to one and my comadre was also going, so we got there together... Oh, doña ! Just American people and hear me, do you know the little things they have at parties? They don't spend in parties like we do…

Olga: …and the parties last for two hours and then you have to leave... Maybe it's that we haven't fully assimilated yet, but I think our parties are better...

(Gloria, 48 years old, three children, married, with legal status, Guanajuato; Olga, 50 years old, three children, married, with legal status, Oaxaca; personal communication, August 24, 2015).

On holidays, like Christmas, we spend time with those who are closest to us… Actually, instead of having fun with the family, here we do so with friends, who are like us, alone and without their families… But, it is not the same to share with the family than sharing with them... we make food, of course, but American food, not Mexican (Cecilia, 31 years old, three children, common law marriage, without legal status, Tamaulipas; personal communication, September 3, 2015).

CONCLUSIONS

In the process of mobility, nostalgia appears in narratives in a simple and romantic way by comparing current feelings in relation to what was experienced during the process of transition from one home to another. Migration processes involve experiences of loss due to the separation from family and primary support networks, while strengthening new networks that allow the transitioning and settling down in the destination country. It also operates a displacement that acquires meaning with the idea of sacrifice and instills the promise the promise that things will improve in the future. The narratives that deal with these processes are loaded with ambivalent feelings born from both distance and the desire to build new personal spaces, relationships of reciprocity, and fulfillment of the expectations and life project that caused mobility in the first place; they are ambivalent feelings that go back and forth from reflective to productive nostalgia.

Narratives showed how nostalgia clearly fluctuated in three ways: the longing for a certain taste and way (of food and life), for family relationships and traditions at home, and for perceptions about time. The presence of a romanticized discourse about the eras and places of childhood, the evocation of country and culture, of traditions and celebrations, makes it obvious that simple nostalgia is experienced more frequently. The desire to return to an idealized home was a constant in the discourse; although, the impossibility of achieving such return was also acknowledged, as were the multiple aspects that evidence acculturation and the advantages of the income and the raising of children in the United States.

As for reflective nostalgia, ambivalent feelings towards situations in both countries provide accounts of more elaborate and thoughtful narratives about the expectations migrants had when leaving Mexico and how they have transformed during their stay in the United States. Likewise, the contact with people of different nationalities in school or work environments, and the access to food from other countries both transform everyday cultural beliefs.

On the other hand, the American lifestyle also creates tensions and tends to modify the imaginaries and nostalgic experiences based on age, sex, immigration status and occupation. Undoubtedly, these markers structure in a differential way the relations with the past and with existing nostalgic possibilities, giving way to productive nostalgia, which implies duel for what is left behind in the country of origin, the gradual adaptation to the host country and the reformulation of the life project.

Therefore, being a valuable affective experience, nostalgia is an object of study that allows us to understand how mobile people participate in the dynamic and complex process of rebuilding home in a new location. Our interest in inquiring about nostalgia in everyday life is due to the fact that it is a place of memory with strong emotional load (Javeau cited in Lindón, 2000 ), as well as a source wherefrom specific meanings linked to situations experienced by people at different spatio-temporal scales can be evoked. Although the social and cultural structures of memory guide the process of nostalgia and allow us to glimpse patterns of nostalgia on certain issues, it is important to keep in mind that individual memory provides such structures with meaning in particular ways.

Nostalgia as a concept is thus a heterogeneous construct made up of diverse elements that interweave and configure different ways of longing. Therefore, the impossibility of understanding it in a unique and totalizing manner must be recognized. What we rather have are multiple forms of nostalgia expressions that can be found in the migratory narrative, as well as certain cultural logics that support and reproduce it. Finally, it must be remembered that the movements of nostalgia are constantly reinterpreted. Just like political, economic and social conditions are extremely changing due to globalization, notions about culture and food will also gradually transform through individual and collective cultural interactions. This will in turn modify the emotions that people experience and the ways in which they act through symbolic exercises of power.

Among the topics open to future research, we consider it relevant to point out the way in which nostalgia acquires new textures, scales and tones from information technologies and the use of the Internet, which shorten distances and create new communication experiences and links. Another significant aspect important to further address in depth is the way in which nostalgic cultural elements tend to reinforce or transform the hegemonic patterns of gender in family dynamics, parenting, home care and the labor environment of migrants.

Notas

2 According to Laplanche & Pontalis (2004), the concept of mnemic footprint is used by Freud throughout his work to designate the way in which events are recorded in memory, persist permanently and are reactivated at certain times according to simultaneous and causal associations.

EL COLEGIO DE LA FRONTERA NORTE
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