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Miranda Juárez: Los niños perdidos. Un ensayo en cuarenta preguntas


Qué mejor momento para ref lexionar sobre la ola de niñas, niños y adolescentes migrantes centroamericanos hacia Estados Unidos que ahora, cuando la adulación al ultranacionalismo junto con la xenofobia y el racismo en Estados Unidos van adquiriendo mayor legitimación a través del discurso del gobierno anglosajón. Justo en este momento resulta de gran utilidad el libro Los niños perdidos. Un ensayo en cuarenta preguntas de Valeria Luiselli, que representa una invitación a la reflexión profunda sobre las causas y los actores involucrados en lo que se conoce como la crisis migratoria o crisis de refugiados en Estados Unidos de 2014.

A partir de una detallada descripción de 40 preguntas la autora relata diversas problemáticas involucradas en el fenómeno migratorio de niños, niñas y adolescentes no acompañados. Las 40 preguntas forman parte del cuestionario que aplican las autoridades migratorias de Estados Unidos a toda persona menor de 18 años que ingresa de forma ilegal a territorio estadounidense, con el propósito de evaluar si la persona es candidata a conseguir asilo político u obtener una visa especial conocida como Estatus Especial Juvenil. El libro constituye una serie de críticas profundas a la sociedad contemporánea, pero sobre todo a la política migratoria estadounidense que ve en los niños y las niñas, potenciales sujetos peligrosos, delincuentes y portadores de enfermedades. La autora muestra cómo el proceso de evaluación de la posible defensa de estos niños está construido sobre la base de un sinnúmero de prejuicios y estereotipos hacia la población migrante que proviene del sur. Como bien afirma Valeria Luiselli, la política migratoria de Estados Unidos parte de una importante premisa: “las migraciones como las de todos estos niños son un problema de ellos –los bárbaros del sur–, de modo que nosotros –en el civilizado norteno tenemos por qué lavarles la ropa sucia” (Luiselli, 2016, p. 76).

En este sentido, a lo largo del libro se cuestiona también el papel de los Estados involucrados en la problemática, que por acción u omisión han dado pie para que se profundice la crisis migratoria. Una de las críticas de raíz que expone Luiselli (2016) es que los niños migrantes salen de comunidades devastadas por la violencia, en busca de preservar la vida; realizan viajes largos que los exponen a todo tipo de peligros, y llegan a pueblos y localidades en Estados Unidos donde también son blanco de acoso y violencia, ya sea por la vía de la xenofobia estatal como por la vía de la presencia de bandas y grupos delincuenciales que habitan en la tierra prometida.

En palabras de la propia autora, la crisis migratoria está lejos de ser una problemática circunscrita únicamente a los países de origen ya que “los circuitos de producción, tráfico y consumo de drogas son una red global mucho más amplia y compleja” (Luiselli, 2016, p. 76), es decir, se recrea mediante vínculos hemisféricos con alcances y consecuencias hemisféricas. Por lo que sería conveniente empezar a sustituir el término guerra del narco por guerra hemisférica y con ello repensar todo el lenguaje derivado de tal situación, por ejemplo empezar a sustituir también la terminología con que se hace referencia a los niños y niñas migrantes, y dejar de nombrarles menores indocumentados , para reconocerles como refugiados de una guerra de alcance global, con derecho a obtener asilo político.

En el contexto de estos cuestionamientos, la autora indaga sobre las bases de la política migratoria estadounidense y su complementaria política mexicana conocida como Programa Frontera Sur, cuyo epicentro de actuación es la estrategia de vigilar y castigar, a través del despliegue de un presupuesto millonario para la vigilancia, presuponiendo que quien migra es culpable de algún crimen, y colocando a México como un policía al resguardo de territorio estadounidense.

Así, a los largo de la descripción de las 40 preguntas que debe contestar todo niño o niñas que ingresa de forma ilegal a Estados Unidos, se van desenmarañando complejos procesos burocráticos que contienen trampas legales, en las que los niños y sus familias pueden resultar afectados, llegando incluso a la deportación de los familiares que en su mayoría permanecen en suelo estadounidense encarácterdeindocumentados. Uno de estos procedimientos exige que los niños y las niñas sean acompañados con un adulto que se declare su guardián, con lo que en cualquier momento podría ser identificado y deportado; además de ser vistos como extraños que acarrean problemas e inseguridad, niñas y niños funcionan como carnada para detectar a otros migrantes ilegales.

Otra trampa legal a la que se enfrentan es que los tiempos son cortos. A partir de la crisis del año 2014, como respuesta se creó priority docket , con lo que se redujeron los tiempos con la intensión de que las personas menores de 18 años encuentren representación legal para la petición de asilo. De 365 días, el tiempo se redujo a tan sólo 21 días. Como afirma la autora “el resultado del priority docket es, pues, que muchos más niños son y serán deportados antes de que tengan tiempo de siquiera encontrar una abogado o abogada que defienda su caso ¿Cuántos niños –todos de familias de bajos recursosvan a encontrar representación legal en sólo 21 días?” (Luiselli, 2016, p. 60).

Así, mediante una amena y disfrutable lectura sobre la crisis migratoria de 2014, el libro Los niños perdidos cumple con un insuperable propósito, sensibilizar al lector sobre las proezas que deben sortear “niños y niñas de todas las edades, incluso quienes aún viajan en brazos de otros niños y adolescentes” (Luiselli, 2016, p. 28). Pero sobre todo, dar visibilidad a una problemática que debería estar en el centro de las políticas públicas de todos los países involucrados. La garantía de los derechos humanos más básicos de estos niños debería ser asumida por los gobiernos y, sin embargo, únicamente se cuenta con la sociedad civil organizada, con jóvenes voluntarios y con la solidaridad de las familias y las redes sociales de niñas y niños.

La invitación a la reflexión profunda sobre las niñas y los niños migrantes va más allá de cuestionar desde la supuesta unicausalidad de la problemática que representa un reto mayúsculo frente a la actual política migratoria, expresamente xenófoba que se está gestando en Estado Unidos. Es un problema que atraviesas más de un país, más de una dimensión y que devela mucho de la configuración geopolítica actual:

Si alguien dibujara un mapa del hemisferio y trazara la historia de un niño y su ruta migratoria individual, y luego la de otro y otro niño, y luego las de decenas de otros, y después la de los cientos y miles que los preceden y vendrán después, el mapa se colapsaría en una sola línea –una grieta, una fisura, la larga cicatriz continental (Luiselli, 2016, p. 44).



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