Estimados autores hacemos de su conocimiento que las revistas editadas por El Colegio de la Frontera Norte se encuentran en periodo vacacional del 15 de julio al 4 de agosto, regresando a laborar el 5 de agosto del presente año.
D’aubeterre Buznego, Rivermar Pérez, and Gutiérrez Domínguez: Poblanas en el Nuevo New South (Carolina del Norte): Migración acelerada, patrones emergentes de migración femenina y trabajo precario



Introducción

El propósito de este trabajo es analizar patrones emergentes de migración femenina e identificar experiencias laborales de las mujeres que se sumaron a flujos acelerados originados en la década de 1980 y que se masificaron y consolidaron a mediados de la de 1990 en el municipio de Pahuatlán, Puebla, entidad que forma parte de las zonas de nueva migración del centro y sur de México hacia destinos “no tradicionales” en la unión americana ( Perreira, 2011 ; Zúñiga y Hernández-León, 2005 ; Binford, 2004 ; Durand y Massey, 2003 ).

El término migración acelerada denota un proceso migratorio que se desarrolla en un período corto de tiempo: “[…] la migración adopta un carácter acelerado cuando el 30 por ciento o más de la población adulta [local] adquiere experiencia migratoria internacional en diez años o menos” ( Binford, 2003, p. 58 ). Esta noción alude no sólo a la velocidad de los flujos, encierra, además, potencialidades analíticas promisorias que, aunque no están expresamente contenidas en su formulación original, abre la ref lexión en torno a si esta velocidad propicia patrones de migración femenina con características singulares y sobre los procesos subyacentes a esta tendencia. Es útil, así mismo, para explicar cambios en los perfiles de estos nuevos flujos y reparar en modalidades de migración femenina, que no obedecen de manera exclusiva a los fines de la reunificación familiar y que reclaman abordajes analíticos para dar cuenta de la formación de un “proletariado extralegal” ( Federici, 2013 ), ligado a la precarización del empleo, en el que las trabajadoras indocumentadas tienen una presencia que se incrementa ( Kofman, 2014 ; Archer, 2013 ; Pessar, 2005 ; Glenn, 2002 ).

Con base en una encuesta aplicada en 2010 a una muestra aleatoria de hogares de Pahuatlán de Valle, cabecera municipal, se analizan las particularidades de la incorporación, en la década de 1990, de jóvenes mujeres a un flujo acelerado hacia Estados Unidos, en el que más de 95 por ciento de quienes migraron eran indocumentados en su primera salida. Como se mostrará más adelante, nuestros datos revelan que este elevado porcentaje de migrantes indocumentados es indicativo de la tardía masificación de la migración internacional en la parte noroccidental de la Sierra Norte de Puebla, estado del centro de México, en comparación con las históricas regiones de la migración de mexicanos a Estados Unidos ( Durand y Massey, 2003 ), y de la “fragilidad jurídica” ( Izcara, 2010 ) de los nuevos inmigrantes que no alcanzaron los beneficios de la amnistía promovida por la Ley de Reforma y Control de Inmigración (IRCA) (1986). Nuestros hallazgos son consonantes con lo reportado por Perreira (2011, p. 265) , quien señala que el porcentaje de mexicanos procedentes del centro y sureste de México, establecidos en Estados Unidos, se incrementó de 6.8 a 10.5 por ciento entre 1990 y 2005; y que 85.4 por ciento ingresó a aquel país sin la debida documentación migratoria.

Las formas emergentes de migración femenina aquí analizadas se registraron después de la promulgación de la IRCA, lo cual implicó que, al cruzar la frontera norte en calidad de indocumentadas, estas mujeres quedaran relegadas al estatus de “extranjeras ilegales, deportables, dóciles y explotables al máximo” ( Lee, 2015, pp. 142-143 ). Estos flujos migratorios pos-IRCA, condicionados por políticas más restrictivas ( Durand y Massey, 2003 ), perdieron circularidad y se caracterizan por largos períodos de separaciones y permanencia fuera de los lugares de origen ( Griffith, 2005 ; Cravey, 2003 ).

A diferencia de las corrientes pioneras originadas en la década de 1960 en el estado de Puebla –la Mixteca y el Valle de Atlixco– que tuvieron como destino privilegiado la zona tri-estatal de Nueva York, los migrantes del municipio de Pahuatlán transitaron, en un ciclo corto, distintas estaciones del sur estadounidense para concentrarse, en su mayoría, en el corredor Durham-Raleigh de Carolina del Norte. Desde mediados de la década de 1990 este flujo hace parte de las corrientes migratorias que le dieron un “rostro latino” al llamado Nuevo Latino Belt ( Zúñiga y Hernández-León, 2005 ) o Nuevo New South ( Mohl, 2003 ). Carolina del Norte es uno de los once estados que conforman esta vasta región.

Desde la década de 1980, la economía del sureste estadounidense incorporó inmigrantes latinos a un ritmo y escala inusitados. Entre 1990 y 2000, en Carolina del Norte, dicha población aumentó 394 por ciento, posicionando a este estado sureño en el mayor receptor de latinos, dispersos tanto en poblados rurales como en metrópolis ( Mohl, 2003, pp. 38-39 ). Pasados trece años, Carolina del Norte se convirtió en el quinto lugar de destino de inmigrantes mexicanos, después de California, Texas, Illinois y Arizona, muy por arriba de Nueva York ( BBVA Bancomer y Conapo, 2014, p. 40 ). De manera simultánea, en el contexto de la reestructuración neoliberal, flujos originados en el centro y el sur de México se aceleraron en respuesta al incremento en la demanda, de la economía estadounidense, de trabajo barato, disciplinado y deportable ( Popke, 2011 ).

Identificamos la combinación de dos patrones de desplazamiento de las pahuatecas durante los últimos veinte años; emergentes patrones de migración femenina que se inscriben en esa tensión irresoluble entre migración laboral/temporal, mayoritariamente masculina, y una “migración de poblamiento” ( Pedone, Gil, Echeverri y Agrela, 2011 ), que involucra a mujeres y grupos familiares, obligando a crear rutinas de vida cotidiana, echar raíces y a la búsqueda de satisfactores –vivienda, escuela, salud, servicios religiosos, ocio– asociados a la reproducción social ( Griffith, 2005 ; Cravey, 2003 ). Esta tensión refiere, por un lado, la bienvenida a la migración temporal, circular, regulada, de trabajadores f lexibles e híper móviles y, por otro, la hostilidad y el rechazo a esos cuerpos que procrean, cuidan dependientes y buscan certezas de vida, que proliferan, paradójicamente, al endurecerse la frontera ( Smith y Winders, 2008 ).

El carácter acelerado de los nuevos flujos migratorios se expresa, así mismo, en el explosivo crecimiento de la segunda y tercera generación de población de origen mexicano en Estados Unidos: en sólo una década, entre 1990 y 2000, los nacidos en aquel país de origen mexicano alcanzaron iguales cifras a las de los nuevos inmigrantes, 4.7 millones. En el siguiente decenio (2000-2010), el número de los nacidos de origen mexicano en Estados Unidos superó a los nuevos inmigrantes: 7.2 millones en comparación con 4.2 millones. En contraste con la población estadounidense, los inmigrantes mexicanos están en sus primeros años de maternidad/paternidad y reportan altos niveles de fecundidad ( Pew Hispanic Center; 2011 ). En suma, estas transformaciones demográficas se corresponden con la acelerada masificación de flujos en un ciclo corto, entre 1990 y 2000, integrados por personas muy jóvenes: la migración de mexicanos a Estados Unidos incrementó 10 veces en comparación con las décadas precedentes ( BBVA y Conapo, 2014 ; Arroyo, Berumen y Rodríguez, 2010 ). En seis estados del sur y sureste, incluido Carolina del Norte, los jóvenes adultos y niños de origen latino, mayoritariamente mexicanos, pasaron de 2.5 por ciento de la población en 1980 a 8 por ciento en 2005 ( Zieger, 2012, p. 4 ).

El incremento de la migración de mujeres jóvenes responde a los procesos de la desindustrialización y reorganización del trabajo, así como a las mayores restricciones migratorias y a los visados especiales ( Griffith, 2005 ). Las formas de trabajo que exigen disposición para cambiar continuamente de empleo, combinar varias jornadas de tiempos parciales, des-identificarse con lugares y personas –sea por pérdida de empleo o por deportación–, entablar nuevos vínculos y negociar, ya no aumentos salariales y mejores condiciones laborales, sino la asignación de horas extras. En fin, estar a plena disposición horaria, emocional y física frente al capital, sin abandonar el trabajo doméstico y la crianza de hijos.

El análisis de la migración de pahuatecas a Carolina del Norte se sustenta en información cualitativa y cuantitativa generada en sucesivas etapas de trabajo de campo en el municipio de Pahuatlán, Puebla, entre 2007 y 2014, y en dos breves recorridos en los vecinos condados de Durham y Orange, Carolina del Norte, en 2013 y 2014. A finales de 2010, se aplicó una versión reducida del protocolo del Mexican Migration Project en la cabecera municipal, a una muestra aleatoria de 136 hogares. Entre 2010 y 2011, en esa misma localidad, se entrevistó a un grupo de 27 personas –8 mujeres y 19 hombres– retornados alrededor de 2007. A lo largo de 2012 se dio seguimiento a cuatro tipos de hogares: con migrantes activos, con retornados voluntarios o por pérdida de empleo, con deportados y sin migrantes. Durante un primer recorrido en los ya referidos condados de Carolina del Norte, en octubre de 2013, se entrevistó a inmigrantes originarios del municipio de Pahuatlán –hombres y mujeres, mestizos y otomíes– integrantes de nueve hogares, contactados a través de sus familiares en el municipio de estudio. En noviembre de 2014, en un segundo recorrido, entrevistamos a mujeres y hombres de esa red social básica ( Ferrándiz, 2011 ) gestada el año anterior, a partir de la cual se amplió la muestra de estudio de caso a cuatro agrupaciones más.

En un primer apartado se presentan las coordenadas teóricas que enmarcaron la búsqueda e interpretación de la información etnográfica y estadística. En una segunda sección, analizamos las condiciones que propiciaron un flujo migratorio acelerado hacia Carolina del Norte. Enseguida, se documenta la singular incorporación a este circuito de las pahuatecas bajo dos patrones de movilidad. Finalmente, se analiza su precaria inserción en dos nichos laborales feminizados: la industria restaurantera y labores de limpieza.

Desmantelando los supuestos del varón migrante proveedor

Los procesos de liberación de fuerza de trabajo y la configuración de población relativa sobrante ( Li, 2009 ) no son ajenos al género, la raza y filiaciones étnicas ( Kofman, 2014 ; 1999 ; Archer, 2013 ; Pessar, 2005 ; Glenn, 1992 ). Resulta fundamental incorporar estas dimensiones en el análisis de la transferencia de trabajo, vía la migración hacia tradicionales o nuevos lugares donde se localiza, relocaliza y concentra el capital en el horizonte de la reestructuración del orden económico. Género, raza y etnia son vectores de la desigualdad que subsidian procesos de acumulación al intervenir en la asignación de trabajo productivo y reproductivo a determinados grupos de personas “generizadas” ( Connell, 1987 ), tanto en los sectores y ramas de la producción, como en los variados sitios de la reproducción: el mercado, el Estado, la comunidad o los hogares. Es obligado reparar en el hecho de que no todas las mujeres tienen la misma relación con el trabajo reproductivo a todo lo largo de su ciclo cultural de vida y que las jerarquías étnico-raciales intervienen en la segmentación y estratificación del mercado de trabajo reproductivo en las distintas “arenas pública y privada” ( Kofman, 2014 ; Glenn, 2002 , 1992).

La perspectiva antes esbozada orienta tanto el estudio de la transferencia de trabajo barato a las economías del Norte global, como de la configuración de los sujetos más aptos para engrosar, selectivamente, circuitos migratorios que conectan territorios distantes y desiguales, de acuerdo con los diferentes niveles de liberalización del bienestar en regiones expulsoras, depauperadas por los efectos de políticas de ajuste estructural y privatización de la vida social ( Kofman, 2014 ; Li, 2009 ). Amplios segmentos de flujos de mujeres que se desplazan a lo largo y ancho del planeta engrosan las filas de esas nuevas clases de trabajadores, desreguladas, precarizadas, disponibles, desechables, en suma, flexibles, que apuntalan las economías posfordistas ( Fraser, 2015 ; Harvey, 2012 ). Esta nueva fase de acumulación se distingue, además, por su “adicción a la mano de obra indocumentada”, reclutada en esas llamadas “zonas francas” en donde prolifera el trabajo barato ( Izcara, 2010 ; Cobo, 2005 ). La condición de ilegalidad disciplina a cientos de miles de trabajadores dentro y fuera de las líneas de producción.

Las ocupaciones en que las mujeres inmigrantes pobres, indocumentadas y refugiadas se concentran son: trabajo de limpieza dentro y fuera de los hogares, comercio informal callejero, industria maquiladora, trabajo a destajo domiciliario y de cuidados y servicios, y desdibujan la distinción ideológica entre trabajo y familia así como entre las esferas pública y privada ( Glenn, 1992 ). Detrás de la masiva incorporación de las mujeres en estos mercados laborales desregulados se identifica la reducción de la inversión estatal y la privatización de la provisión de cuidados, así como la disminución del costo de la producción mediante el abaratamiento del trabajo vivo, vía la adopción de esquemas de subcontratación y tiempos parciales, formas rediseñadas de sobreexplotación. En ambos casos, subyace la premisa de la complementariedad del salario de las mujeres, su inserción transitoria en el empleo y su contribución marginal a la economía nacional y doméstica ( Koffman, 2014 ; Lee-Treweek, 2012 ; Castañeda y Zavella, 2007 ; Pessar, 2005 ).

El género atraviesa la reestructuración global del trabajo y, en esa medida, la selectividad de los flujos migratorios (políticas migratorias, programas de reclutamiento de trabajadores temporales, visados especiales, entre otros) y la singular configuración de mercados laborales “de hombres” y “de mujeres” ( Kofman, 2014 ; Archer, 2013 ; Hondagneu-Sotelo, 2011 ). También modela patrones migratorios consonantes y “regímenes de género” ( Connell, 1987 ) que se gestan en lugares de origen y destino, dando lugar a arreglos domésticos flexibles y transitorios a lo largo del ciclo demográfico de los hogares ( Cravey, 2003 ; Arias y Mummert, 1987 ).

Al cuestionarse el modelo de hombre migrante solo, que encabeza el desplazamiento, y mujer e hijos reunificados con él al paso del tiempo, y a medida que logra una mejor inclusión laboral, emergen nuevas preguntas. Esa narrativa teleológica, a la que subyace el enfoque liberal de la exclusión social como causa fundamental de la pobreza ( Du Toit, 2009 ), dominó el imaginario académico, gubernamental, popular y de los medios, y mantuvo un avenido maridaje con la presuposición de familias nucleares duraderas de jefatura masculina, con madres/esposas fuera del mercado laboral o que aportaban ingresos complementarios . Esta suposición, que proviene del fordismo, se aparta drásticamente de las realidades posindustriales: “la coexistencia de diversas formas de familia, el aumento del divorcio y la soltería, la generalización de la participación de las mujeres en el trabajo asalariado, y la precarización del empleo para todos” ( Fraser, 2015, p. 25 ).

Crisis de la caficultura en Pahuatlán, endeudamiento y migración acelerada al Nuevo New South

Afectados por la llegada privatizadora y aperturista de los tratados de libre comercio, vastas franjas de la población rural del centro y sur de México se sumaron selectivamente a nuevas oleadas migratorias internas o alimentaron la desindustrializada economía estadounidense, inaugurando en la década de 1990 un nuevo ciclo de la añeja migración mexicana al norte. Considerando la variedad de respuestas al desmantelamiento de las condiciones de vida en el México rural, cabe reconocer con Li (2009) que no toda la población reacciona de la misma manera a las macro tendencias liberalizadoras: una parte, el llamado segmento flotante de la superpoblación relativa, cíclicamente desempleada, es absorbida intermitentemente por el capital; otra parte, los varados –viejos y/o enfermos–, que no tienen la capacidad de reinventarse sobre la marcha ( Senett, 2000 ), integran un abultado segmento de la población de “pobres extremos” que permanece en esos espacios desarticulados, convirtiéndose, en el mejor de los escenarios, en objetivo de políticas focalizadas bajo nuevos esquemas de “gubernamentalidad segmentada” ( Fraser, 2003, p. 31 ).

El municipio de Pahuatlán se ubica en la Sierra Norte de Puebla, en las colindancias de los estados de Puebla e Hidalgo en el centro de México. En 2010, residían en su territorio 20 618 habitantes, de los cuales 7 544 eran hablantes de lenguas indígenas: 41.95 por ciento de otomí y 57.28 por ciento de náhuatl ( Inegi, 2011 ). En comparación con otras regiones del país y de la entidad, la migración a Estados Unidos en Pahuatlán emerge tardíamente y se despliega en un ciclo corto: se acelera, masifica y decae entre 1990 y 2009. De acuerdo con los datos de la encuesta aplicada en 2010 en la cabecera municipal, entre 1995 y 1998 el número de migrantes de primera salida se quintuplicó. Este flujo declinó en 2009, cuando prácticamente se cancela la migración de primera salida. En sus etapas tempranas, en la década de 1980, trabajadores otomíes del municipio encabezaron ese flujo con rumbo a Texas, valiéndose de relaciones con paisanos del vecino municipio de Tenango de Doria, Hidalgo. Pasada una década, el flujo se irradió y redirigió, ya masificado, al sureño estado de Carolina del Norte ( D’Aubeterre y Rivermar, 2014 ). En 2007, cuando iniciamos el trabajo de campo en Pahuatlán, esta migración acelerada decaía. Los datos de la encuesta muestran que el punto de quiebre de la migración correspondiente a la primera salida coincidía con el punto de ascenso de los retornos. Pese a que a partir de 2007 se observó una desaceleración de la migración pahuateca hacia Carolina del Norte, en la cabecera municipal la tasa de prevalencia migratoria –proporción de los que permanecían activos (74 personas) con respecto a los retornados (76 personas)– fue de 49.3 por ciento; es decir, casi la mitad de los migrantes permanecía en aquel estado o, marginalmente, en otros destinos de la unión americana.

En el municipio de Pahuatlán la migración acelerada a Estados Unidos coincide con la desarticulación de la caficultura social de la región ( Macip, 2005 ), que afectó a productores, acaparadores y distintos agentes de la cadena productiva que dan valor agregado al producto; llevó también a la ruina a otros segmentos de la economía local ligados a este monocultivo –comerciantes, prestadores de servicios, dueños y trabajadores de pequeñas manufacturas, incluso burócratas–. Así, 1994, cuando se inicia la masificación de la migración en el municipio, fue un hito en la historia migratoria de Pahuatlán. El quebranto económico local se exacerbó con la devaluación de la moneda: el peso perdió en 1994, 50.8 por ciento de su valor frente al dólar. La afectación fue mayúscula considerando que en 1991 los productores ya estaban desprovistos de la cobertura del Instituto Mexicano del Café (INMECAFE).

Las medidas de austeridad dictadas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) incluyeron programas de estabilización económica para paliar la crisis de la deuda: a lo largo de seis años se privatizaron 743 empresas estatales estratégicas –incluida INMECAFE–, se redujo el gasto estatal de 30 a 17 por ciento del PIB y los salarios reales se desplomaron 60 por ciento ( Fitting, 2011 ). En el marco de esta reestructuración, el municipio de Pahuatlán inició su tránsito hacia una economía de servicios: entre 1990 y 2010, la Población Económicamente Activa (PEA) ocupada en el sector primario pasó de 59.2 por ciento a 41.6, es decir, se desplomó alrededor de 20 por ciento. A la vez, en 1990, en el sector terciario se concentraba el 16.9 por ciento de la PEA y en 2010 se elevó a 24.2 ( Inegi, 1991 , 2001 , 2011 ). En esa coyuntura, además, se registró la caída de los salarios en los centros urbanos de la región. La Zona Metropolitana de la Ciudad de México perdió su importancia relativa como receptora de flujos de trabajadores de los estados del centro del país. El dato no es irrelevante si consideramos que la Sierra Norte, históricamente, proveyó a las industrias textil, automotriz y de la construcción de fuerza de trabajo a los centros urbanos del altiplano central, destacadamente en las décadas de 1960 y 1970 del pasado siglo. Trabajadores indígenas circulaban pendularmente entre sus comunidades y la Ciudad de México, en donde se empleaban como albañiles y estibadores en las grandes centrales de abasto ( D’Aubeterre y Rivermar, 2011 ).

Bajo este mismo patrón de desplazamiento, característico de las migraciones femeninas hacia metrópolis de México y América Latina ( Durin, De la O y Bastos, 2014 ), mestizas e indígenas oriundas de Pahuatlán se contrataban en el servicio doméstico. Estas experiencias de clase configuradas en décadas precedentes –personales o de generaciones pretéritas–, nos permiten pensar en la histórica consolidación de un habitus migratorio forjado en los desplazamientos al interior del país; trayectorias que normalizaron la búsqueda de empleo más allá del lugar de origen y activaron la capacidad para aprovechar con celeridad redes étnicas, sentando así las bases de la posterior masificación de la migración a Estados Unidos.

La migración acelerada e indocumentada de las tres últimas décadas, distintiva de zonas del centro y sur de México, aunque no en exclusiva, se articula con emergentes mercados de trabajo estadounidenses caracterizados por su desregulación. Este es, precisamente, el caso aquí analizado. Las pioneras no esperaron reunificarse con sus esposos para sumarse al circuito, se expusieron a las riesgosas condiciones del paso fronterizo a la par que ellos o en compañía de otras mujeres; sufrieron la compulsión de deudas contraídas en México y Estados Unidos para lograr su objetivo y, aprovechando redes étnicas de pueblos vecinos, apostaron a la potenciada demanda de trabajo barato en el Nuevo New South , una región relanzada económicamente mediante fuertes inversiones de capitales domésticos y foráneos relocalizados, que demandó importantes contingentes de trabajadores inmigrantes. De acuerdo con Furuseth y Smith (2006, p. 5), la población hispana asentada en el corredor Durham-Raleigh creció de 76 726 personas (1.2 % de la población total) en 1990, a 506 203 (6.1 % de la población total) en 2004.

El término Nuevo New South se refiere a la escalada de población latina, predominantemente masculina, en una proporción de uno a tres en los primeros momentos del flujo ( Parrado y Flippen, 2010 ; Cravey, 2003 ), que apuntaló el relanzamiento económico de ese territorio, hasta hace unas décadas dominado por relaciones bi-raciales entre anglos y afroamericanos ( Furuseth y Smith, 2006 ; Cravey, 2003 ). Se ha señalado que el aumento sin precedentes de población latina en esa “última frontera” ( Furuseth y Smith, 2006 ) –especialmente de mexicanos, guatemaltecos y hondureños, establecidos en Carolina del Norte– fue uno de los efectos inesperados de la promulgación de IRCA. Además, la intervención del gobierno federal mediante el programa de expedición de visas de trabajo temporal H2 a trabajadores huéspedes , propició drásticos cambios a partir de la década de 1990 en la división espacial del trabajo y una correspondiente “latinización” de la región ( Levine y LeBaron, 2011 ; Griffith, 2005 ; Cravey, 2003 ; Mohl, 2003 ).

La rápida expansión de mercados de trabajo regulados alentada por ese programa estatal de trabajo temporal, disparó desde entonces flujos informales de trabajadores absorbidos en la industria de procesamiento de aves y crustáceos, la producción de árboles y coronas de navidad y otras actividades en el medio rural. Así mismo, flujos no regulados proveyeron mano de obra barata e indocumentada al sector servicios; en la franja de más bajos salarios de este sector se concentran desproporcionadamente negros, latinos y/o mujeres ( Zieger, 2012, p. 7 ). Por su parte, los inmigrantes que son contratados para hacer “trabajo de hombres” ( Cravey, 2003 ), son mayoría en el trabajo pesado de la construcción y la jardinería.

La migración femenina en Pahuatlán, las pioneras y las que llegaron después. Entrelazamiento de dos patrones migratorios

Las mujeres representan apenas la cuarta parte de los 174 migrantes captados en la encuesta de 2010 aplicada a 136 hogares. La mayoría de ellas migró entre 1997 y 2003, con estatus migratorio de indocumentadas, cuando tenían, en promedio, menos de 30 años; la mitad contaba con educación secundaria o equivalente, carreras cortas y estudios técnicos (cultoras de belleza, secretarias, entre otras). Nacidas entre 1970 y 1980, crecieron en hogares de pequeños productores agrícolas, comerciantes, artesanos, tablajeros, panaderos, maestros rurales, empleadas domésticas en las urbes aledañas, obreros de la manufactura de la Zona Metropolitana de la Ciudad de México. Las primeras salidas de las mujeres captadas en esa encuesta y entre las trece entrevistadas en Durham-Orange se concentran en el trienio 1995-1998.

Casi todas las encuestadas realizaron su primer viaje ya casadas, unidas o poco tiempo después de que sus parejas migraran por primera vez; pero más de la cuarta parte eran solteras, vale decir, no migraron para reunificarse con maridos, padres y/o hermanos. La mitad ocupaba la posición de hijas en las constelaciones familiares de sus hogares de origen cuando salieron del país por primera ocasión. El análisis de sus trayectorias migratorias revela que, en el contexto de la adopción de políticas migratorias más restrictivas desde 1993 ( Lee, 2014 ; Durand y Massey, 2003 ) y de la consecuente pérdida de circularidad de los flujos migratorios de indocumentados, se entrelazaron dos patrones migratorios: la movilidad de las pioneras, semejante a la “migración de tipo militar” ( Griffith, 2005, p. 52 ), y la “migración asociada” de las que les siguieron rápidamente. Entre las pioneras, algunas, aunque solteras, tenían al menos un hijo/a al momento de migrar, dejados al cuidado de abuelos, en breve regresaron por ellos y migraron por segunda ocasión.

En comparación con los varones, las primeras en viajar a Estados Unidos y establecerse en el sureste, reportan un menor número de eventos migratorios. Resalta la importancia de redes tejidas entre mujeres que facilitaron el cruce fronterizo y la inserción laboral, al inicio trabajaron transitoriamente en la agroindustria. La experiencia acumulada una década atrás por migrantes otomíes del municipio –hombres y, en menor número, mujeres que circulaban entre la Sierra y el sureste estadounidense– propició la consolidación de un habitus migratorio, prácticas y representaciones, que normalizó progresivamente la movilidad de las mujeres solas ; en suma, las pioneras, sin visas de trabajo temporal, se desplazaron sin dependientes.

Pero, a diferencia de los varones insertos en la agroindustria, que circulaban entre uno y otro país con o sin visas, las pahuatecas se anclaron en el lugar de destino bajo un “régimen de migración de poblamiento” en el que “[…] ante la dificultad para volver a ingresar los migrantes deciden quedarse en los países de inmigración y traer a sus familias.” ( Pedone et al., 2011, p. 2 ). Mientras que la híper-movilidad del trabajador temporal es la más codiciada por el capital, en tanto transfiere los costos de reproducción de la fuerza de trabajo a las familias en los lugares de origen ( Cravey, 2003 ), la migración de poblamiento articula producción y reproducción en el lugar de destino y despierta hostilidad y rechazo entre los nativos.

Al principio, establecidas en conglomerados mixtos para abaratar costos de mantenimiento, la precariedad laboral y su frágil estatus migratorio, obligaron a las mujeres solas a cobijarse en relaciones conyugales al poco tiempo de haber arribado a Carolina del Norte. Esta misma tendencia ha sido documentada por Parrado y Flippen (2010) entre poblaciones mexicanas asentadas en Durham. El giro hacia la domesticidad entraña la construcción de una identidad primordial como madres-esposas frente al Estado y el capital que socava o, al menos, reconfigura sus identidades de clase como trabajadoras.

El patrón de movilidad de las pioneras, semejante a una migración de tipo militar, en breve cedió paso a otro que involucró a mujeres recién emparejadas en México y a niños en edad preescolar trasladados por sus padres a Carolina del Norte. Además, uniones tempranas en Estados Unidos y la procreación de hijos nacidos en aquel país, originaron la proliferación de familias binacionales e importantes transiciones socio demográficas en la región ( Flippen y Parrado, 2012 ). Los cambiantes contornos y dinámicas de estas formaciones domésticas, en materia de reproducción de una mano de obra flotante allí establecida durante ciclos migratorios más largos, se corresponden con la división genérica del trabajo que impone la inserción de la mayoría de los varones de estos grupos en la industria de la construcción.

Se trata de agrupamientos no familiares o, en otros casos, de hogares conformados por familias conyugales en las que los adultos de mayor edad apenas rozan los 40 años, por lo tanto, la presencia de niños y niñas preescolares, escolares y adolescentes –nacidos en ambos lados de la frontera–, constituye una fuerte carga económica para estos hogares en los que son frecuentes reunificaciones, separaciones y el establecimiento de segundas uniones conyugales después de cortos intervalos durante los cuales las mujeres encabezan al grupo familiar. La mitad de las mujeres entrevistadas en Durham son madres de jóvenes que aspiran ser reconocidos como dreamers , es decir, migraron con ellas en sus primeros años de vida, hoy adolescentes y/o adultos jóvenes, con pleno dominio del idioma inglés, están a la espera de los beneficios de una reforma migratoria.

Con excepción de dos de nuestras entrevistadas, las restantes se han mantenido en el mercado de trabajo de manera ininterrumpida, sólo con breves descansos al final de sus embarazos, regresaron poco después del parto al trabajo remunerado. Dos factores marcan de manera decisiva el momento y las modalidades de inserción de las entrevistadas en el mercado laboral en el corredor Raleigh-Durham: la edad del último hijo, por una parte, y el estatus conyugal, por la otra. Se advierte que las madres de hijos preescolares se insertan en empleos con horarios acotados, apoyándose en el servicio de guarderías y cuidadoras informales. Por su parte, las madres de adolescentes, especialmente cuando son proveedoras únicas de sus hogares, se ven obligadas a trabajar part time en más de un establecimiento.

El trabajo puertas adentro de las pahuatecas en Carolina del Norte

Desde inicios del siglo XIX, las dimensiones de raza y género han configurado la organización del trabajo reproductivo en Estados Unidos; un ejemplo es la preparación de alimentos que puede ser hecha por un miembro de la familia como trabajo impago, por un sirviente asalariado o un trabajador de un restaurante de comida rápida. Más allá de que el trabajo reproductivo sea impago o asalariado, es un hecho que ha sido socialmente construido como trabajo femenino y que, en lugares como Estados Unidos, la raza y la etnia, articuladas a la clase, ha súperespecializado a las mujeres de color en ese trabajo ( Federici, 2013, pp. 66-67 ; Glenn, 1992, p. 6 ).

Son precisamente mujeres racializadas-etnizadas –negras, asiáticas o mexicanas, muchas inmigrantes indocumentadas– quienes han sido empleadas para realizar actividades que pueden ser definidas como de “puertas adentro”, fuera de la vista ( Smith y Winders, 2008 ). Tal como lo ha señalado Flippen (2013) , la estructura familiar puede condicionar el tipo de empleo y el número de horas que estas mujeres trabajan. Su tradicional vínculo con el trabajo reproductivo de los miembros de la familia, les impone una inserción singular en espacios de trabajo y armonizar necesidades de sus hogares y del mercado laboral, especialmente en los servicios de limpieza y cuidado. Además de otorgar salarios por abajo del mínimo establecido, estos empleos frecuentemente son de tiempo parcial, estacionales y desprovistos de seguridad social; proliferan, así mismo, acuerdos a la palabra y el sometimiento de las trabajadoras a arbitrarias supervisiones. En dichas deplorables condiciones laborales juega un importante papel su estatus de personas indocumentadas ( Flippen, 2013 ; Hondagneu-Sotelo, 2011 ; Glenn, 1992 ).

Lugares clave para la formulación de los conceptos de trabajo generizado y racializado han sido esas regiones caracterizadas por “sistemas de trabajo duales” ( Glenn, 1992 ), tal es el caso del estado de Carolina del Norte. La incorporación al llamado Research Triangle Park , en el corredor Durham-Raleigh, de empleados con altos niveles de calificación e ingresos ( Zieger, 2012 ; Kasarda y Johnson, 2006 ) potenció la demanda de servicios y cuidado de reproducción, provistos mayoritariamente por migrantes latinas indocumentadas, con bajas calificaciones y limitado dominio del inglés. En esa región, las nuevas inmigrantes sustituyeron progresivamente a trabajadoras afroamericanas, que se desplazaron a otros nichos laborales al conquistar derechos civiles ( Furuseth y Smith, 2006 ).

Desde su llegada al corredor Durham-Raleigh, las pahuatecas han sido confinadas a un mercado laboral altamente segmentado, empleándose en diversas actividades: manufactura, lavanderías industriales, maquila de ensamble de cajas de cartón o de electrónicos y empaque de calcetines y cordones de zapatos. A medida que se destruían empleos en ese sector ( Minchin, 2012 ; Furuseth y Smith, 2006 ), las pahuatecas fueron moviéndose hacia los servicios. Son meseras en restaurantes de comida mexicana, laboran en cocinas de cadenas restauranteras y en tiendas hispanas . También limpian casas, clínicas, habitaciones de hoteles o viviendas en venta, haciendo parte marginal de “las cuadrillas sombra” de la industria de la construcción ( Rivermar y Flores, 2015 ). Igualmente, es común que obtengan ingresos cuidando niños ajenos en sus propias casas, lo que les permite hacerse cargo de hijos propios y maridos. Acorde con los cambios en la reorganización geográfica del trabajo de reproducción de la fuerza de trabajo inmigrante, otras preparan y venden alimentos en sus domicilios o en los lugares de trabajo de mexicanos y centroamericanos; o brindan asistencia a trabajadores solos, necesitados de alojamiento y comida a bajo costo ( Griffith, 2005 ; Cravey, 2003 ).

En el contexto del endurecimiento de las políticas migratorias del gobierno federal estadounidense, específicamente en Carolina del Norte ( Griesbach, 2011 ; Levine y LeBaron, 2011 ), en los últimos años se ha redoblado la exigencia de documentos para ser contratado. Ante esta situación, las trabajadoras aceptan condiciones de mayor explotación o se mueven hacia la informalidad. Su estatus de inmigrantes indocumentadas, en combinación con la clase, el género y la raza, además de determinar sus experiencias laborales, las orientan hacia ese sector ( Flippen, 2013 ; Hondagneu-Sotelo 2011 ).

El trabajo en cadenas restauranteras

Las extremas condiciones de f lexibilidad características de la industria restaurantera ( Lee, 2014 ; Carls, 2007 ) permiten a estas trabajadoras –especialmente a las solteras, separadas o abandonadas con hijos dependientes– meter horas aquí y allá hasta sumar las anheladas 40 horas o un poco más a la semana, en un intento de allegarse mayores ingresos, resolver la reproducción cotidiana y eventualmente enviar dinero al pueblo. Quienes han acumulado experiencia en esa rama valoran su empleo porque reciben mayores salarios –alrededor de 10 dólares la hora– y, comparativamente, más beneficios que en otros lugares. Estas trabajadoras firman un contrato con la empresa en el que se establecen derechos y obligaciones. Entre los primeros destacan el goce de una semana de vacaciones pagadas al año y un seguro médico de bajo costo que la empresa descuenta de sus salarios. Por otro lado, una de las obligaciones del restaurante es la provisión a los empleados de utensilios de trabajo necesarios, compromiso con frecuencia incumplido: “todos los días tenemos que limpiar cuatro freidoras, dice Elizabeth. Tres meses duraron descompuestas, medio las arreglaron, [pero] solo duraron un mes. Le digo [al manager] ‘¿por qué no las cambian? ¿Por qué no las venden?’. Me dice ‘no hay dinero’” (Elizabeth, comunicación personal, 2014. Con 35 años de edad, separada de su marido, reestablecida desde hace dos años con dos hijos adolescentes en Carolina del Norte, después de haber permanecido en Pahuatlán durante un lustro).

Elizabeth sabe que el trasfondo de esta situación es la encomienda de los managers de ahorrar gastos al restaurante y recibir a cambio compensaciones. Según las entrevistadas, con frecuencia los gerentes incorporan patrones de género/raza de dominación/subordinación en la gestión de las/los trabajadores a su cargo. No obstante, es importante no pasar por alto que las y los managers también forman parte de una fuerza de trabajo sometida a altos índices de explotación. A decir de Minchin (2012) , el desempleo entre amplios sectores de poblaciones nativas ha sido atribuido al arribo masivo de trabajadores latinos a Carolina del Norte, desencadenando rechazo y hostilidad hacia este nuevo otro , representado por esas poblaciones. Al mismo tiempo, los trabajadores indocumentados ven a los locales como adversarios a vencer que abusan de las ventajas que les otorga su condición de ciudadanos, disputándoles las pocas posibilidades de empleo con las que cuentan.

La experiencia de Elizabeth ilustra, así mismo, los altos grados de autoexplotación a que se someten estas trabajadoras: con el ánimo de acumular el mayor número de horas para lograr mejores ingresos, esta jefa de hogar puede llegar a cubrir jornadas de hasta 14 horas diarias en más de un establecimiento. Los días que logra trabajar en dos restaurantes, apenas concluye su jornada de la mañana –que comienza a las nueve y finaliza a las tres de la tarde–, aprovecha la hora que tiene antes de iniciar el segundo empleo para tomar una siesta e ingerir algún alimento en su camioneta. Empero su disgusto con el empleo vespertino, manifiesta que no puede dejarlo, pues, además de los beneficios que tiene en ese restaurante y de que puede llegar a sumar hasta 43 horas a la semana en temporadas altas, la escasez de empleo que se ha dejado sentir en los últimos años, la obligan a permanecer en ese establecimiento: “dicen que antes había más trabajadores [en ese restaurante], pero yo creo que [los patrones] se aprovechan de que ven que la situación de nosotros cada día es más difícil y, como [nos] dicen, ‘lo toman o lo dejan’, pues uno tiene que aguantarse” (Elizabeth, comunicación personal, 2014). Este testimonio expresa de manera nítida la compulsión del capitalismo por elevar sus tasas de ganancia a costa de la súuperexplotación de la fuerza de trabajo y disposición plena de las trabajadoras que escapa absolutamente a su control y de la que, paradójicamente, se ufanan, tal como ha sido documentado por otros autores ( Lee-Treweek, 2012 ).

La escasa o nula movilidad ascendente de estas trabajadoras contrasta con la de sus paisanos, quienes pueden mantenerse en la industria de la construcción y tener posibilidades, siempre limitadas, de ascensos y mayores salarios ( Rivermar y Flores, 2015 ). En relación con la acotada movilidad de las inmigrantes que laboran en restaurantes, Elizabeth comenta las ventajas comparativas de los trabajadores estadounidenses que han desarrollado largas trayectorias en un mismo restaurante, quienes pueden estar en más de una “estación” y, con ello, devengar mayores salarios: “a los anglos y negros los pueden cambiar a donde ellos quieran, a ellos no les aumentan una hora, no les aumentan un dólar, les pagan más que a nosotros” (Elizabeth, comunicación personal, 2014). Esta soterrada amargura exhibe la fragmentación de la clase y complejas relaciones marcadas por el racismo horizontal que hace estragos entre los trabajadores de distintos orígenes étnicos o nacionales en estos nichos de trabajo precarizados ( LeeTreweek, 2012 ; Minchin, 2012 ; Griesbach, 2011 ). En consonancia con lo advertido por Lee-Treweek (2012) , en dichos sectores feminizados del llamado “trabajo sucio de los mercados laborales secundarios”, las trabajadoras despliegan prácticas y discursos para reconstruir sus identidades degradadas movilizando un sentido de orgullo nacional frente a trabajadores y empleadores de otras minorías y una marcada animadversión frente a afroamericanas y centroamericanas.

El trabajo de limpieza. El refugio de las sin papeles

De acuerdo con Glenn (1992, p. 32) , puede afirmarse que, en tanto mujeres racialmente subordinadas dentro de un sistema dual de trabajo, las pahuatecas han sido desplazadas en los últimos años al trabajo de limpieza por una combinación de necesidades económicas, restringidas oportunidades laborales y el endurecimiento de las políticas migratorias. El trabajo de limpieza de oficinas, clínicas, habitaciones de hoteles o casas y departamentos se ha convertido en un “nicho de refugio de las trabajadoras sin papeles” ( Juliano, 2002 ). Mediante el uso de redes parentales, amistad y aquellas gestadas por sus maridos con sus patrones de la industria de la construcción, las primeras pahuatecas empleadas en el trabajo de limpieza pretendían obtener mayores ingresos en un nicho laboral con poca competencia. En la actualidad, esto último ha cambiado.

Aurora, residente en Durham desde 2000, hoy viuda y madre de dos hijos adolescentes, tuvo su primer empleo en una conocida lavandería industrial en la que han trabajado muchas de sus paisanas. Allí permaneció alrededor de un año; “la descansaron, [porque] por la crisis no había trabajo en ningún lado” (Aurora, comunicación personal, 2014), entonces empezó a preparar comida para vender. Tiempo después, ya emparejada y embarazada de su primer hijo, regresó a la lavandería, que abandonó de nuevo cuando su niño nació “porque a su marido no le gustaba que lo cuidara otra persona” (Aurora, comunicación personal, 2014); aunque los ingresos de su esposo eran bajos, lo que ganaba “alcanzaba para lo esencial”, (Aurora, comunicación personal, 2014). Cuando ya tenía a sus dos niños, trabajó en una fábrica que empacaba microchips, en donde también laboraron un importante número de paisanos. Su jornada laboral se prolongaba de 4 de la tarde a 12 de la noche, al inicio le pagaban el salario mínimo (7.25 dólares la hora), ingreso que aumentó cuando fue ganando experiencia. A la quiebra de la empresa, comenzó a limpiar oficinas por las noches; abandonó este empleo, una vez más, ante la exigencia de su marido de que se encargara “de las cosas de la casa” (Aurora, comunicación personal, 2014). Hecho que refiere al proceso y contexto de socialización de género, siempre inacabado, ligado al ejercicio de la sexualidad, que les recuerda a estas mujeres, en el incesante forcejeo conyugal, sus obligaciones como cuidadoras de hijos y esposos. Al enviudar hace dos años, incursionó en el trabajo de limpieza de habitaciones de un hotel a cambio del salario mínimo. En la actualidad, además de limpiar casas, cuando la llaman, trabaja dos o tres días a la semana en el hotel.

En los hoteles privan dos esquemas de trabajo: uno a destajo con pagos que oscilan entre 3.50 y 3.75 dólares por habitación, y el otro por hora, remunerado con el salario mínimo. La súper-explotación que menudea en esos establecimientos anida en las ansias de las propias trabajadoras para lograr mayores ingresos en unidades de tiempo reducidas, productividad que les infunde de gran orgullo a pesar de su contacto cotidiano con los desechos corporales de los usuarios y el desprecio hacia quienes desempeñan estas tareas.

En el servicio doméstico algunas mujeres, como Patricia, van logrando hacerse de una amplia cartera de clientes, situación que conlleva, además de trabajar bajo un esquema de auto explotación, la subcontratación de otras más pobres. Igual que los subcontratistas de la industria de la construcción ( Rivermar y Flores, 2015 ), a ese propósito es imprescindible contar con vehículo propio para transportar a las mujeres que trabajan para ellas, así como sus implementos de trabajo. Algunas promocionan sus servicios repartiendo tarjetas en los barrios donde residen potenciales clientes; otras, cubren el medallón de sus camionetas con grandes letreros en los que ofrecen limpieza de casas, lavado de ropa de cama y cortinas, entre otros servicios. Estrategias, que han sido ampliamente documentadas por Hondagneu-Sotelo (2011) , entre las trabajadoras mexicanas y centroamericanas en California. Ninguna de las entrevistadas en Durham reportó trabajar para alguna agencia de limpieza, por el contrario, las que han logrado acumular un número importante de clientes, desplegando la estrategia de la subcontratación de paisanas, intentan competir con esas compañías pagando bajos salarios y librando el pago de impuestos.

En los testimonios aquí presentados destaca el movimiento pendular entre un empleo y otro, tanto por el cierre de los establecimientos como por las exigencias de los maridos para atender hijos y hogar. En este último sentido, el trabajo de limpieza en hoteles, oficinas, clínicas y casas es altamente valorado por estas trabajadoras en cuanto les permita obtener ingresos sin dejar de atender a sus familias, es decir, “tener una vida familiar propia” ( Hondagneu-Sotelo, 2011, p. 79 ). En el empleo en restaurantes y en la limpieza se aprecia, así mismo, la disposición plena de las mujeres en acudir al llamado de los empleadores cuando las requieren, condición característica de la “disponibilidad forzada” aludida por Carls (2007) y de la desechabilidad de esta fuerza de trabajo.

Conclusiones

El análisis de un flujo migratorio acelerado pos-IRCA, originado en el centro de México hacia el sureste estadounidense, está informado por la premisa de que las migraciones de las últimas décadas y la creciente participación de las mujeres son expresiones de la reorganización neoliberal del trabajo y de la conformación de una mano de obra extralegal, disciplinada y desorganizada. Las nuevas formas de acumulación suponen una estrecha relación entre deslocalización del capital y desplazamiento de fuerza de trabajo barata, apuntaladas por activas políticas estatales que han fortalecido al capital especulativo y desmantelado condiciones de reproducción y toda forma de seguridad social en los lugares de origen de los inmigrantes.

Las migraciones masivas de personas jurídicamente frágiles, que la desregulación de la economía propició a mediados de la década de 1990 en vastas zonas del centro y sur de México, influyeron al abaratamiento de esa fuerza de trabajo. Movilizando a trabajadores sin dependientes, el capital transfiere, bajo los nuevos esquemas de acumulación en viejas y nuevas regiones de expansión económica, el costo de la reproducción de la fuerza de trabajo a los propios trabajadores y sus familias en los lugares de origen. Al mismo tiempo, la reorganización del trabajo –que se traduce en la inserción masiva de las mujeres en mercados laborales precarizados– y el endurecimiento de las fronteras nacionales configuran un nuevo sujeto migrante que se establece, reproduce y se hace cargo de dependientes, demandando al Estado reconocimiento, servicios y derechos para sus hijos.

El flujo migratorio acelerado que se analiza en este artículo mantiene un claro sesgo de género: los varones siguen siendo mayoría en un nuevo destino migratorio que cobró relevancia en el marco del relanzamiento económico del sureste estadounidense en la década de 1980. Los perfiles de las mujeres incorporadas a este circuito y sus patrones migratorios contrastan con lo observado en regiones históricas de la migración mexicana a Estados Unidos. El carácter acelerado de este flujo se expresa en la rápida transición de una migración circular y temporal hacia una migración de poblamiento que dio origen a la conformación de conglomerados familiares integrados por parejas al inicio de su ciclo reproductivo.

No obstante, algunas mujeres migraron por primera vez siendo solteras o en los primeros años de su vida conyugal, con apenas un hijo, y se incorporaron rápidamente al trabajo, no puede afirmarse que tengan un mayor control sobre sus vidas y recursos valiosos. Más bien, sus experiencias están marcadas por la improvisación y la capacidad para responder a giros inesperados en su vida laboral y familiar: súbitos cambios que obligan al rediseño de planes a corto plazo parecen ser más la norma que azarosas contingencias en las trayectorias de estas mujeres, actualmente establecidas con sus hijos en Carolina del Norte.

No es posible afirmar que ellas sean representativas de las mexicanas que se sumaron a estos flujos heterogéneos y tardíos de mediados de la década de 1990. Disposiciones de clase y prácticas incorporadas durante su niñez y adolescencia por esta cohorte de mujeres de la Sierra Norte de Puebla, con tempranas experiencias laborales y que resintieron los estragos de los ajustes estructurales desde finales de la década de 1980, las configuraron como sujetos aptos para amoldar sus vidas fuera del terruño, soportar largas separaciones, forjar anhelos a corto plazo o, en su caso, desecharlos, y disciplinarse a las condiciones que les deparaba la economía desindustrializada estadounidense. Su singular perfil socio demográfico, así como las experiencias y subjetividades de clase que acompañan su frágil estatus migratorio, modelan patrones de formación y disolución de uniones conyugales, prácticas reproductivas y ciclos de permanencia y retorno. A su vez, la conjugación de estos factores condiciona su inserción en la fuerza de trabajo en el lugar de destino.

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