En menos de 300 páginas, en este libro no sólo se muestra un enorme esfuerzo de síntesis de la historia de un fenómeno que lleva más de un siglo a cuestas, sino también el resultado de los ires y venires del autor sobre su propio trabajo, producto de sus investigaciones y reflexiones -en solitario y en equipo- en torno a la migración México-Estados Unidos durante más de tres décadas, así como de una cuidadosa revisión de otras publicaciones, incluyendo las de referentes clásicos, para nutrirlo de distintas visiones.

Como parte de la colección "Historias mínimas", de El Colegio de México, esta obra, dividida en siete capítulos, además de la introducción y un epílogo, logra el cometido de este proyecto editorial, poner a disposición de un público no especializado una obra sintética de carácter histórico, a través de un lenguaje sencillo, pero no por ello, escaso de rigor académico. Aun así, constituye un valioso insumo para quienes se dedican al estudio de la relación migratoria entre ambos países, pues a través de este marco general invita a profundizar en los factores contextuales, estructurales y particulares de las distintas etapas de la problemática, además se sustenta en una didáctica y sugerente cronología al final del libro.

Es destacable que Durand, en el primer capítulo titulado "Patrones y procesos migratorios entre México y Estados Unidos", presenta la distinción conceptual entre los términos proceso, patrón y modelo migratorio, que suelen usarse como sinónimos en la literatura sobre la temática, y están presentes a lo largo del documento para sistematizar sus observaciones.

Resumiendo sus ideas, pone sobre la mesa que un proceso migratorio, que en el caso mexicano se da a lo largo de 130 años, implica el análisis de las interacciones sociales, temporales y espaciales para definir sus etapas de desarrollo; que el patrón es "un perfil ajustado a la realidad y a un período preciso"; mientras que un modelo se refiere a "lo que debería ser el flujo en términos ideales, de acuerdo con los objetivos de una política migratoria" (pp. 16-19).

Además de situar al lector en el contexto general de las regiones de origen y destino de la migración, desde su perspectiva histórica y geográfica, en esta primera parte Durand presenta, a manera de abreboca, seis grandes fases en las que divide el proceso migratorio mexicano. Básicamente, son "períodos que se ajustan a temporalidades aproximadas de 20 años y suelen marcar un movimiento pendular de apertura y control" (p. 22).

El desarrollo de las fases migratorias comienza en el capítulo 2, con la "Era del enganche, 1884-1920", donde sustenta con relatos de prensa de la época cómo operaba este sistema de reclutamiento de mano de obra para la naciente industria mexicana y que fue la antesala del enganche internacional. La ley de exclusión china y japonesa en Estados Unidos y el contexto de la Primera Guerra Mundial, fueron aspectos que alentaron la continua entrada de migrantes mexicanos, mientras que la Revolución mexicana hizo su parte como factor de expulsión.

El período de "Deportaciones, reenganches y migraciones masivas, 1921-1941", desarrollado en el capítulo 3, enfatiza en las crisis económicas que vivió Estados Unidos en los años 20 del siglo pasado, incluyendo la gran recesión que generó deportaciones y también el retorno de miles de inmigrantes mexicanos a causa del desempleo, lo que coincidió con una política de repatriación durante el gobierno de Alvaro Obregón y posteriormente bajo el mandato de Lázaro Cárdenas. La dinámica de estas repatriaciones y sus resultados, a mi parecer, constituyen un importante antecedente y aprendizaje histórico sobre el manejo del retorno migratorio por parte de México, que cabe tener en cuenta en la actualidad, ante las deportaciones que viene enfrentando el país en la última década.

De esta época histórica también se destacan las visiones académicas de Manuel Gamio, Robert Redfield y Paul Taylor, pioneros de los estudios migratorios sobre mexicanos en los Estados Unidos, cuyos registros de campo y aportes metodológicos -anecdóticos inclusive- son una muestra del emergente interés por el tema desde esos años.

El capítulo 4, correspondiente a "El Programa Bracero, 19421964", recoge los pormenores de una era de 22 años, caracterizada por el reclutamiento de mexicanos desde los Estados Unidos para sobrellevar la falta de mano de obra en el contexto de la II Guerra Mundial. Esta situación llevó por primera vez a establecer un acuerdo bilateral con México, que estaba en mejor posición para exigir un trato distinto a sus ciudadanos. Los trabajadores que calificaron para este programa, fueron parte de un modelo caracterizado por su legalidad, ruralidad, masculinidad y temporalidad, lo cual es evaluado positivamente por el autor, al catalogarlo como una especie de "tipo ideal" (p. 143) de migración para ambos países.

Los aspectos negativos, sin embargo, los observa en el movimiento paralelo de trabajadores indocumentados o "mojados" que generó (unos cinco millones), pues el programa no satisfacía la demanda; también en la corrupción que provocó la burocracia excesiva en ambos lados de la frontera; en la relación de dependencia obrero-patronal con tintes de esclavitud, y otros elementos que -aclara- no pueden achacarse al programa mismo.

Para inicios de los años 60 en Estados Unidos existía una opinión generalizada de que este programa se había salido de control y las presiones de grupos políticos, sindicatos y prensa crearon un clima hostil que culminó con su terminación unilateral en 1964. A partir de entonces, el capital social de los migrantes mexicanos tomó un rol fundamental, y es en la era de "Los indocumentados, 1965-1986", capítulo 5, cuando se evidencia cómo los mismos trabajadores y sus redes empezaron a abastecer el mercado de trabajo estadounidense, ante la ausencia de una política migratoria específica para México. Entonces "ser mexicano se convirtió en sinónimo de trabajador indocumentado" (p. 163), y la política estadounidense se caracterizó por ser de contención fronteriza, pero no hacia el interior (p. 171), pues su empresariado siguió dando empleo a esta población de manera clandestina.

Así, los indocumentados idearon los medios para cruzar la frontera, siendo sus perfiles de edad, sexo, origen social y cultural, procedencias y destinos, muy diversos. Para la década de los 80, no obstante, los mexicanos dejaron de ser los trabajadores privilegiados, y comenzaron a competir con los de origen centroamericano, con los sudamericanos y caribeños (p. 191), lo que reforzó la idea de que Estados Unidos perdió el control de sus fronteras, discurso que retumba en el panorama electoral vecino, y se replica hasta hoy.

Los intentos por regular y a la vez expulsar a la población indocumentada son materia del capítulo 6, titulado "La era bipolar: de la amnistía al acoso, 1987-2007", que el autor segmenta en cuatro hitos temporales: la Ley de Reforma y Control de la Inmigración, de 1986 (por sus siglas en inglés, IRCA); las operaciones de control fronterizo, de 1993; una nueva ley para el control de la inmigración ilegal (por sus siglas en inglés, IIRAIRA), de 1996; y la creación del ice (Immigration and Customs Enforcement) y la política de seguridad nacional en la frontera, de 2001 (p. 194), a raíz del 11 de septiembre.

En términos generales, la amnistía ofreció la posibilidad de una estancia segura a quienes obtuvieron sus documentos, pues los mexicanos ya legalizados ahora querían integrarse a la sociedad, lo que fue evidente con el crecimiento de negocios latinos y su participación más activa en el campo de la política sindical. Como contraparte la población indocumentada ha vivido el acoso desde los ámbitos legal, político y cotidiano, mientras México reaccionó tardíamente con una política de control de daños (el voto en el exterior, por ejemplo) para intentar resarcir el abandono hacia sus emigrantes, cuestiona Durand.

Si bien dentro de esta sección hay un apartado titulado "El contexto internacional", el acercamiento al panorama migratorio de Europa, de gran importancia en este ámbito de estudio, es escaso. Se enuncia de manera escueta (p. 195), dejando una deuda con el lector.

Ya en la "Última fase: la batalla por la reforma migratoria, 2007-2014", del capítulo 7, el autor plantea un modelo migratorio en el cual intervienen tres dinámicas: migratoria, económica y legal. Sobre la primera, destaca que a lo largo de un siglo para el migrante "el problema era el cruce, no la permanencia", mientras que en la actualidad "hay varios millones que tienen 10, 15 o 20 años de residencia irregular y ven como una amenaza permanente la posibilidad de una deportación" (p. 245).

En cuanto a la dinámica económica, cita que el superávit de mano de obra mexicana y su competencia han precarizado el empleo migrante; y que el aumento en los costos y riesgos del cruce fronterizo, así como la falta de remesas para financiar el viaje tras la crisis internacional de 2008 han conllevado a una reducción del flujo. Mientras que en la dimensión legal está toda la maquinaria política encaminada a castigar la inmigración irregular (Comunidades Seguras, Ley Arizona) y, por otro lado, los intentos por regularizarla o frenar las deportaciones (DACA, dirigida a los Dreamers).

El creciente discurso antiinmigrante de las recientes elecciones presidenciales de Estados Unidos; una emigración irregular que ha disminuido, pero una legal que sigue creciendo, por los procesos de reunificación familiar; y un proceso de transición demográfica (menos hijos nacidos) que experimenta México y ya no presiona como un factor de expulsión, sino de retención, son elementos que, finalmente, llevan al autor a preguntarse si ¿será el principio del fin? de la emigración mexicana. Una incógnita abierta, que sin duda será parte de la agenda de estudios de la academia, y que en los hechos tendrá repercusiones mediáticas.



Desarrollado por eScire - Consultoría, Tecnologías y Gestión del Conocimiento SA de CV